Oaxaca es siempre algo más que las playas de Huatulco, la fiesta de la guelaguetza, sitios y monumentos prehispánicos y coloniales – los que quedan -, mezcal, quesillo y chapulines, Oaxaca ha sido llamado y con razón “la zona de refugio de las culturas originarias” en ella sobreviven 16 culturas originarias y el 36% de la población es indígena, otro porcentaje mayor reconoce su antecedente genealógico indio. Mi entidad, señores, ocupa uno de los dos últimos lugares en cuanto a indicadores de bienestar social y humano en el contexto nacional y es uno de los dos primeros lugares en los indicadores de marginación, así lo muestran los indicadores del Consejo Nacional de Población, Censos y Conteos del INEGI, estudios de la Comisión Nacional de Desarrollo Indígena. No pretendo hacer una descripción detallada, tomo solamente algunos como ejemplo ilustrativo:
Las comparaciones son con el resto de las entidades federativas, para empezar, los oaxaqueños vivimos menos que el resto del país, nuestra esperanza promedio de vida al nacer es el más bajo de todos en cambio, el índice de morbo-mortalidad materno infantil es el más alto; el déficit de peso y talla infantil afecta a un número y porcentaje mayor de infantes que el resto de la nación en cambio, un porcentaje no mayor del 25% es derechohabiente de las instituciones del sector salud. Ocupamos el primer lugar en la tasa de mortalidad general. El 66% de la población oaxaqueña mayor de 15 años no terminó la educación básica, nuestro índice de escolaridad es uno de los dos más bajos del país, el porcentaje de población analfabeta en términos porcentuales es uno de los dos más altos y en números absolutos escasamente se ha movido en los últimos 20 años.
Oaxaca ocupa el último lugar en población asalariada, también el último lugar en población con un salario mayor al mínimo, el mismo lugar de población ocupada en el sector terciario de la economía, tenemos el ingreso per cápita más bajo y ocupamos el mismísimo último lugar en aportación al ingreso bruto nacional. El gobierno federal a través de los ramos 26 y 33 subsidia la vida de Oaxaca, de ahí que resulte una vergüenza para la mayoría de oaxaqueños la inexistencia de una Ley de Transparencia y Acceso a la Información en los últimos 8 años y la absurda negativa del gobierno estatal a permitir que la “auditoria superior de la federación” auditara el ejercicio de estos recursos bajo el argumento falaz que se atentaba contra la “autonomía” estatal.
De igual forma es un insulto para las y los oaxaqueños que funcionarios del gobierno estatal al inicio de un sexenio vivan en unidades habitacionales del INFONAVIT y al término del mismo, tengan una residencia valuada en más de 5 millones, un rancho con más de 1500 cabezas de ganado y una casita de descanso en la bahía de Huatulco. Resulta insultante para la mayoría de oaxaqueños que hasta las lozas de cantera de los sitios históricos de Oaxaca hayan desaparecido, como desaparecieron las puertas de la catedral de Oaxaca, como se ha mutilado el zócalo de la ciudad por los bárbaros en el poder.
Y aquí aclaro a los señores diputados de extracción priísta, no es un ataque en contra de su partido ni en contra de gobernadores de la misma filiación, mis palabras que no son mías, sino de mis conciudadanos, no son un ataque contra nadie, constituyen parte de una relatoría de hechos a incorporar en la antología de la infamia. Me niego aceptar desde la racionalidad y desde la ética más elemental que la camarilla en el poder en Oaxaca desde hace 8 años, en que se inició lo que se ha denominado la “regresión autoritaria”, sea de la misma filiación partidista. No es el PRI que conozco y veo en Nuevo León, Estado de México, Sonora, por citar ejemplos. En Oaxaca prevalece la más autoritaria, corrupta y sanguinaria red de complicidades caciquiles, que va desde la más ínfima agencia municipal hasta las altas esferas del poder estatal encabezado por un grupúsculo conocido en la entidad como “la burbuja”. Grupúsculo que no admite ni la más mínima disidencia o protesta, que sólo sabe dialogar con el garrote. En mi tierra, la mayoría de los oaxaqueños percibimos que el poder ejecutivo ha avasallado a los otros dos, poniéndolos a su servicio. En mi terruño se ha detenido el reloj de la política, vivimos como en la década de los 40 del siglo pasado, la regresión ha sido brutal.
En este contexto se inscribe el conflicto actual de Oaxaca, la camarilla en el poder inicialmente atribuyó que los candidatos de la coalición “Por el bien de todos”, manejábamos al magisterio oaxaqueño, luego que la profesora Elba Esther Gordillo, después que Andrés Manuel López Obrador, hoy dice que el Ejercito Popular Revolucionario y para que le creamos hace aparecer una “guerrilla” fantoche y de utilería.
Nadie, absolutamente nadie puede manejar un magisterio que en 26 años de lucha resistió los embates de López Portillo, Carlos Salinas, Carlos Longitud Barrios y la propia Elba Esther. Eso lo aprendieron y entendieron tres administraciones estatales previas a la actual, cada quien y a su modo se entendió con el magisterio. La camarilla actual optó por el autoritarismo primero y luego la violencia. El 14 de junio las fuerzas policíacas estatales intentaron desalojar del centro histórico al magisterio, luego de 4 horas de enfrentamiento que incluyó bombardeo aéreo de gases lacrimógenos sobre el campamento donde dormían maestras con sus pequeños hijos, las fuerzas policíacas sufrieron una humillante derrota, no cayeron defendiendo la plaza, huyeron por las calles de la ciudad.
A partir de ese 14 de junio, la mayoría del pueblo oaxaqueño, disculpó a los maestros su ausencia de las aulas y se puso a su lado, prueba de ello es que el 2 de julio, votó masivamente a favor de nosotros, gracias a la miopía inepta de la camarilla Oaxaca dejo de ser la reserva del voto duro del PRI.
Del 2 de julio para acá la sangre de los oaxaqueños tiñe veredas y banquetas, tres muertos entre ellos un menor de 12 años, asesinados en una emboscada; un muerto y dos heridos en el tiroteo a una marcha pacífica; un asesinado por la espalda con un impacto del un fusil R-15 en el pulmón derecho, mientras huía de lo que el pueblo de Oaxaca ha llamado el “convoy de la muerte”, integrado este por policías y paramilitares que al amparo de la noche se desplaza por las cercanías de los campamentos para hacer disparos y sembrar terror entre pobladores y maestros; pero ni unos ni otros han perdido sus convicciones profundas. Esta misma noche en la ciudad de Oaxaca se levantarán más de 500 barricadas en barrios, colonias, unidades habitacionales, para impedir o al menos detectar el paso del convoy de la muerte.
En Oaxaca no es un movimiento magisterial que demanda la salida de un gobernador. Ahora es un pueblo históricamente agraviado, empobrecido, literalmente enfermo de males curables. Las y los oaxaqueños tenemos el inalienable derecho de vivir en paz; pero una paz sostenida por la justicia, la libertad, la vigencia de los derechos humanos y la oportunidad de construirnos un futuro diferente de la ignominia que hoy padecemos. Oaxaca también es México, promovamos, demandemos, aceptemos, la desaparición de poderes. Ya basta de terrorismo de estado, ya basta de dolor, ya basta de sangre.