Mi?rcoles, 27 de diciembre de 2006
Oaxaca: gobierno de ficci?n.
Francisco L?pez B?rcenas

El nombre y la cosa, el m?s reciente libro de Jos? Saramago que circula en la Rep?blica Mexicana, muestra hasta qu? punto se ha vuelto imperativo auxiliarse de los literatos y la literatura para entender a los pol?ticos y la pol?tica, no porque a ?sta le interese la cultura, sino porque sus actores y los actos de aqu?lla cada vez m?s se convierten en personajes de ficci?n. En esta obra el premio Nobel de Literatura formula una fuerte cr?tica a la pr?ctica de la pol?tica y la manera en que los pol?ticos han tergiversado el contenido y los valores de palabras como Estado, democracia o derechos humanos, al grado de que ya no corresponden a la realidad. Nada mejor que la rebeli?n de los pueblos de Oaxaca y la respuesta represiva del Estado para ejemplificar lo que Jos? Saramago expresa en su obra. Visto desde ese ?ngulo, el gobierno de este estado aparece como lo que es, un gobierno de ficci?n, y sus actos una farsa organizada en varios actos.
En el primero aparece un personaje gris que se siente con el derecho ?casi divino? de ser gobernador s?lo porque una maquinaria electoral lo impuso, contra la voluntad popular; una maquinaria policiaca que lo mantiene en el poder violando todos los derechos fundamentales reconocidos por lo estados contempor?neos, en nombre de la defensa del estado de derecho; un gobierno federal de transici?n que tiene que apoyarlo para que ?l a su vez pueda asumir el poder por otro sexenio. Al final, entre ambos proclaman que el estado se ha salvado, aunque no hacen referencia a su alto costo: decenas de muertos y desaparecidos, cientos de detenidos y otros tantos en riego de perder su libertad. ?Y la democracia? ?Y los derechos humanos? En vano se buscar?n, porque no existen; los pol?ticos no act?an como representantes populares sino como actores de una farsa.
En la segunda parte unos caciques se disfrazan de dem?cratas de ocasi?n y con unos parlamentos a modo pretenden hacernos creer que son fervientes defensores de derechos humanos. Sus palabras y sus gestos se repiten a cada rato en los medios impresos y electr?nicos. En ellos aparecen conciliatorios, llamando a los oaxaque?os a que olviden sus demandas, que son, dicen, exigencias de personas violentas con intereses personales bastante obscuros. No se ruborizan cuando anuncian que como parte de su nuevo rostro est? la liberaci?n de decenas de las personas detenidas el aciago 25 de noviembre pasado, cuando la polic?a federal arremeti? contra toda persona que estuviera a su alcance, desterr?ndola de su estado, como en los mejores tiempos de las dictaduras latinoamericanas. Pero los hechos no cuadran. ?No se supone que los detuvieron por delitos contra el estado? ?No los enviaron a prisiones lejanas del estado por peligrosos? Entonces, ?por qu? el gobierno los libera? Si la actuaci?n del gobierno fuera real se podr?a concluir que quienes ordenaron o ejecutaron esas agresiones contra los oaxaque?os violaron el orden jur?dico, o lo violan ahora que los dejan libres; en cualquier caso, se les deber?a fincar responsabilidad, y procesarlos por esos delitos. Pero no, no podemos pedir tanto, porque tambi?n aqu? no se trata de funcionarios responsables de sus actos sino de actores actuando su propia farsa.
En la ?ltima parte de la obra su director cambia unos actores y extiende los papeles para que contin?e. La sustituci?n de algunos funcionarios y el anuncio de una reforma del estado es la oferta para que los pueblos olviden siete meses de lucha, sus muertos, sus desaparecidos, sus presos, sus golpeados, sus perseguidos. Y sobre todo, que se olviden las causas que dieron origen a la lucha: la injusticia, la antidemocracia, los caciquismos regionales, la brutal explotaci?n del trabajo campesino, la soberbia de los funcionarios, la insultante corrupci?n. Si su oferta fuera cierta tendr?an que explicar c?mo podr?a el actual gobierno desmantelar las estructuras que hacen posible su existencia; por qu? tendr?amos que creer que ser? distinto al que inicio el sexenio, si en los cambios se reciclan viejos pol?ticos y se enrocan otros similares a aqu?llos; convencernos de que la comisi?n que coordinar? la mentada reforma actuar? de buena fe, aun cuando la encabece la misma que durante la discusi?n de las reformas constitucionales para reconocer los derechos ind?genas, en el a?o 2001, dijo que lo que se necesitaban eran diputaciones y dinero para los ind?genas y no derechos.
Arriba el teatro sigue. Mientras tanto el pueblo exige la libertad de sus compa?eros detenidos, cese a la represi?n, que se castigue a los responsables de tanto muerto, detenido y desaparecido. Y sobre todo, que el gobernador abandone el cargo, como condici?n para transformar el estado. Que termine el gobierno de opereta y su lugar lo ocupe otro capaz de encauzar al estado por otros caminos. O sea, una democracia, pero en serio. Ser?a bueno que los gobernantes oaxaque?os, hoy con ?nfulas de dem?cratas, leyeran el libro de Jos? Saramago que, como dije antes, es peque?o en tama?o pero grande por su contenido. Ah? podr?an encontrar un espejo donde reflejarse, y tal vez entonces se den cuenta de que ya no gobiernan el estado, que cuando mucho representan un gobierno de ficci?n, como actores de una obra de teatro que el pueblo est? cansado de ver.
Publicado por solaripa69 @ 10:20
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