Lunes, 01 de enero de 2007
Las cinco dificultades para decir la verdad
Bertolt Brecht
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, tendr? que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendr? que tener el valor de escribir la verdad aunque la desfigure por doquier, la inteligencia necesaria para descubrirla, el arte de hacerla manejable como un arma, el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero tambi?n para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
I. EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad, es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos, no debe enga?ar a los d?biles. Pero es dif?cil resistir a los poderosos y muy provechoso enga?ar a los d?biles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represi?n m?s feroz, gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas peque?as y vulgares, como la alimentaci?n y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: "No hay pasi?n m?s noble que el amor al sacrificio."
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de m?quinas y de abonos que facilitar?an el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ?Mejor para qui?n? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor est? en decir: ?Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
Tambi?n se necesita valor para decir la verdad sobre s? mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores; la persecuci?n les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las v?ctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad d?bil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos, no porque eran buenos, sino porque eran d?biles, requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afici?n a las generalidades, como el hombre ver?dico por su vocaci?n a las cosas pr?cticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del esp?ritu en pa?ses donde ?ste es todav?a concebible. Muchos se creen apuntados por ca?ones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. Tambi?n reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del bot?n. En s?ntesis, s?lo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabr?n qu? hacer. Tal verdad no los exalta. Del hombre veraz s?lo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
II. LA INTELIGENCIA NECESARIA PARA DESCUBRIR LA VERDAD
Tampoco es f?cil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. As?, seg?n opini?n general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertir?a nuestro continente en un mont?n de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este g?nero. Son como el pintor que cubr?a de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. Haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan enga?ar por los poderosos, pero ?escuchan los gritos de los torturados? No; pintan im?genes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar, otros buscar?an las causas. No cre?is que es cosa f?cil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operaci?n art?stica consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os dar?is cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
Tambi?n est?n los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas c?lebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta ?poca confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dial?ctico, la econom?a y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la pr?ctica si no falta la necesaria aplicaci?n. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un m?todo, pero se puede encontrar sin m?todo, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicaci?n de la verdad: los que la lean ser?n incapaces de transformar esa verdad en acci?n. Los escritores que se contentan con acumular peque?os hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambici?n. Por consiguiente, esos escritores no est?n a la altura de su misi?n.
III. EL ARTE DE HACER LA VERDAD MANEJABLE COMO ARMA
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias pr?cticas. Por ejemplo, esa opini?n tan extendida sobre la barbarie: el fascismo ser?a debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios pa?ses, como una plaga natural. As?, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habr?a nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para m?, el fascismo es una fase hist?rica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un pa?s fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma m?s cruda, m?s insolente, m?s opresiva, m?s enga?osa.
Entonces, ?de qu? sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este g?nero no reporta ninguna utilidad pr?ctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los dem?cratas burgueses condenan con ?nfasis los m?todos b?rbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que ?stos olvidan que tales m?todos se practican tambi?n en sus propios pa?ses.
Ciertos pa?ses logran todav?a conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones b?rbaras en las f?bricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesi?n de los medios de producci?n, la barbarie se reconoce en que los monopolios s?lo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos pa?ses no tienen necesidad, para mantener sus monopolios b?rbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosof?a, arte, literatura); de ah? que acepten perfectamente o?r a los exiliados alemanes estigmatizar su propio r?gimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos, es un argumento suplementario en favor de la guerra.
?Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: "Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del ?mal?, la oficina del infierno, el trono del anticristo?" No. Los que as? gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucci?n de un pa?s, de un pa?s entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el "alem?n", estigmatizan el "mal", y sus auditorios se interrogan: ?Debemos dejar de ser alemanes? ?Bastar? con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus t?picos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acci?n. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las cat?strofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las cat?strofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una ?poca en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendr?a su origen en la "naturaleza" del hombre. Por lo dem?s, es un modo de presentar las cat?strofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra, grandes desgracias, pero no calamidades "naturales", debe hablar un lenguaje pr?ctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producci?n contra masas obreras. Para presentar ver?dicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
IV. C?MO SABER A QUI?N CONFIAR LA VERDAD
Un h?bito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusi?n de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, lo entienden. Sus palabras jam?s llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se han dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la "acci?n de escribir a alguien" en "acto de escribir" es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien s?lo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a qui?n la decimos y qui?n nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se opon?an a todo cambio de r?gimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: "Yo soy incapaz de hacer da?o a una mosca." Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podr?n ser nuestros compa?eros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no s?lo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
V. PROCEDER CON ASTUCIA PARA DIFUNDIR LA VERDAD
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ah? que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alter? el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir: "El maestro Kun hizo matar al fil?sofo Wan", escribi?: "El maestro Kun hizo asesinar al fil?sofo Wan.". En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, "muerto en un atentado", reemplaz? la palabra "muerto" por "ejecutado", abriendo la v?a a una nueva concepci?n de la historia.
El que en la actualidad reemplaza "pueblo" por "poblaci?n", y "tierra" por "propiedad rural", se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra "pueblo" implica una unidad fundada en intereses comunes; s?lo habr?a que emplearla en plural, puesto que ?nicamente existen "intereses comunes" entre varios pueblos. La "poblaci?n" de una misma regi?n tiene intereses diversos e incluso antag?nicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice "la tierra", personificando sus encantos, extasi?ndose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ?qu? importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y "el gesto augusto del sembrador" no se cotiza en la Bolsa. El t?rmino justo es "propiedad rural".
Cuando reina la opresi?n, no hablemos de "disciplina", sino de "sumisi?n" pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo "dignidad" vale m?s que la palabra "honor", pues tiene m?s en cuenta al hombre. Todos sabemos qu? clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el "honor" de un pueblo, y con qu? liberalidad los ricos distribuyen el "honor" a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable tambi?n en nuestros d?as. Tambi?n la de Tom?s Moro. Este ?ltimo describi? un pa?s ut?pico id?ntico a la Inglaterra de aquella ?poca, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la polic?a del Zar, quiso dar una idea de la explotaci?n de Sajal?n por la burgues?a rusa, sustituy? Rusia por Jap?n y Sajal?n por Corea. La identidad de las dos burgues?as era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Jap?n, la censura dej? pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para enga?ar a un Estado receloso. Voltaire luch? contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de La Doncella de Orl?ans: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llev? a ?stos a abandonar la religi?n (que hasta entonces ten?an por cauci?n de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la polic?a que defend?a sus privilegios. La actitud de los grandes permiti? la difusi?n il?cita de las ideas del escritor entre el p?blico burgu?s, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Dec?a Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagaci?n de su ate?smo epic?reo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusi?n clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan m?ltiples sospechas. De ah? la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal ser?a el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela polic?aca, g?nero literario desacreditado, la descripci?n de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificar?a completamente la novela polic?aca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cad?ver de C?sar. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de ?l es mucho m?s aleccionadora que la del criminal. Dej?ndose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicci?n mucho m?s que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los ni?os de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicer?as para que reinara la abundancia en el pa?s. Despu?s de efectuar c?lculos minuciosos, el c?lebre escritor prob? que se podr?an realizar econom?as importantes llevando la l?gica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defend?a con pasi?n absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera pod?a encontrar una soluci?n m?s sensata que la suya, o al menos m?s humana; sobre todo, aquellos que no hab?an comprendido a d?nde conduc?a este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que ?ste adopte, sirve a la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es ?til para los pobres es pobre. La obsesi?n que estos ?ltimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un pa?s cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efect?a es asimismo una cosa baja, y baja tambi?n la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc?tera. Bajo semejante r?gimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ?D?nde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represi?n.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todav?a en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilizaci?n de las t?cnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invenci?n de tejidos "ersatz", la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarizaci?n de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. As?, la cuesti?n ?c?mo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ?vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ?c?mo evitar la guerra in?til? Evidentemente, no es f?cil plantear esta cuesti?n en p?blico hoy. Pero ?quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente, no.
Si en nuestra ?poca es posible que un sistema de opresi?n permita a una minor?a explotar a la mayor?a, la raz?n reside en una cierta complicidad de la poblaci?n, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad an?loga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biol?gicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquiet?. La polic?a no ve?a en ello nada nocivo. Los ?ltimos descubrimientos de la f?sica implican consecuencias de orden filos?fico que podr?an poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresi?n. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la l?gica facilitaron a los cl?sicos de la revoluci?n proletaria, Marx y Lenin, m?todos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre s?, pero su desarrollo es desigual seg?n los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. As?, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigaci?n relativamente poco vigilados. Lo importante es ense?ar el buen m?todo, que exige que se interrogue a toda cosa a prop?sito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desear?an que todo permaneciese inm?vil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendr?a hambre ni reclamar?a alimentos. Nadie responder?a cuando ellos abriesen fuego; su salva ser?a necesariamente la ?ltima.
Subrayar el car?cter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jam?s recordar al vencedor que toda situaci?n contiene una contradicci?n susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante m?todo ?la dial?ctica, ciencia del movimiento de las cosas? puede ser aplicado al examen de materias como la biolog?a y la qu?mica, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atenci?n. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la polic?a. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ah? que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del r?gimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ah? ten?is el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldici?n. La mujer se hab?a arrojado al agua, el hombre se hab?a ahorcado. Un d?a, el hijo se cas? con una joven que aportaba como dote algunas hect?reas de tierra. De golpe, se acab? la maldici?n. En la aldea se interpret? el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permit?a, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripci?n alg?n detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
CONCLUSI?N
La gran verdad de nuestra ?poca, conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante, es ?sta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producci?n se mantiene por la violencia. ?De qu? sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qu?? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producci?n.
Ciertamente, esta afirmaci?n nos har? perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones b?rbaras que reinan en nuestro pa?s; as? ser? posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producci?n. Dig?moslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen m?s inter?s en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producci?n.
Publicado por solaripa69 @ 10:20  | Pol?tica
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Comentarios
Publicado por WEBMASTER007
Martes, 02 de enero de 2007 | 6:45
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