martes, 02 de octubre de 2007
EL CRIMEN DE ESTADO NO SE OLVIDA

Hoy se cumplen 39 años de la masacre perpetrada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz en Tlatelolco, y el país aún no ha podido cerrar ese capítulo ignominioso de su historia reciente.
A fuerza de movilizaciones populares, muertes, encarcelamientos, destierros y sacrificios innumerables, México ha desembocado en la formalidad “democrática y electoral” pero ha sido incapaz de hacer justicia a los caídos en la Plaza de las Tres Culturas y a los cientos o miles de luchadores sociales o de ciudadanos ajenos a cualquier causa política que, en las CUATRO décadas transcurridas desde el movimiento estudiantil de 1968, fueron asesinados, desaparecidos, torturados, reprimidos y vejados por un poder público corrompido, desvirtuado y carente de contrapesos.
Hoy, el grupo neoconservador en el poder se vanagloria de un cambio y una modernidad que parecen expresarse en la destrucción de la educación pública, en ataques sistemáticos a lo poco que queda de propiedad nacional y en la glorificación de modelos de política social que suplantan la solidaridad constitucional del Estado para con los más desfavorecidos, por un asistencialismo caritativo. Los beneficiarios coyunturales de la larga lucha social en favor de la democracia dicen y acaso hasta lo creen que la modernización del país implica gobernar como si se administrara una empresa, y renunciar al Estado laico y a la soberanía nacional frente a Estados Unidos; pero una nación verdaderamente moderna no se funda en una suerte de mesianismo gerencial sino, antes que nada y por encima de cualquier otra característica, en la plena vigencia del estado de derecho, en la erradicación de la impunidad y en un ajuste de cuentas con los arcaísmos autoritarios, sobre todo si se trata de un cúmulo de acciones oficiales delictivas y criminales, como lo fueron la represión del movimiento estudiantil y la guerra sucia que siguió.
A pesar de la creación de una fiscalía especial para investigar tales crímenes de Estado, Luis Echeverría Alvarez sigue sin ser sometido a juicio. Miguel de la Madrid confiesa impunemente que no hizo gran cosa para investigarlos; Carlos Salinas no ha sido indiciado por los centenares de asesinatos políticos perpetrados durante su mandato ni por los fraudes monumentales de las privatizaciones de su sexenio, y Ernesto Zedillo no ha sido llamado por la justicia para que declare lo que sabe sobre las masacres de Aguas Blancas, Acteal, El Charco y otras que ocurrieron en su gobierno, ni para que responda por la corrupción galopante y obscena que desoló al país durante su gestión.
Por estas razones, a pesar de las grandes transformaciones nacionales ocurridas de 1968 a la fecha las positivas y las deplorables, sigue vigente la exigencia de esclarecer y castigar los crímenes de Tlatelolco, de la guerra sucia, de los asesinatos políticos, de los megafraudes y de las matanzas rurales. Esa exigencia se sintetiza en una consigna con plena validez en nuestros días: 2 de octubre no se olvida.


2 de octubre: 39 años.

Paco Ignacio Taibo II

En el 93 me tocó actuar como relator del informe sobre el 2 de octubre de 1968, como secretario técnico de la Comisión de la Verdad. El resumen se elaboró a partir de una amplia revisión documental, testimonios y entrevistas realizadas ex profeso por la Comisión con estudiantes, materiales enviados por ex funcionarios y entrevistas con personajes que pidieron se conservara su anonimato. A pesar de las nuevas investigaciones y la aparición de nuevos documentos, creo que estas notas, sólo notas, siguen siendo útiles para saber lo que sucedió el 2 de octubre de hace 30 años y por qué.
1) El 2 de octubre de 1968 era miércoles.
2) En la mañana, en el Consejo Nacional de Huelga se decidió limitar el acto programado a un mitin y suspender la manifestación al Casco de Santo Tomás, exigiendo la devolución de las instalaciones al Ejército. Se habían celebrado tres pequeños mítines en días pasados en Ciudad Universitaria y en Tlatelolco. El movimiento iniciaba una recuperación, tras haber estado a la defensiva en la secuencia iniciada el 19 de septiembre con las acciones armadas del gobierno (toma militar de Ciudad Universitaria, ataque de los granaderos y toma del Casco de Santo Tomás, toma militar y policiaca de Zacatenco). El mitin era importante porque habría de anunciarse el inicio de una huelga de hambre de los presos políticos estudiantiles detenidos a lo largo de las operaciones militares de septiembre.
3) En la mañana del 2, en una sesión del CNH se acordó que sólo estuvieran en la tribuna organizadores y oradores; se sugirió que los miembros del CNH que no tuvieran algo que hacer en el acto no asistieran y que en caso de que lo hicieran se mezclaran con la multitud. Eran las medidas de precaución habituales. La dirección del movimiento estudiantil no esperaba ninguna represión. De hecho, el acto coincidía con la apertura de conversaciones con la comisión Caso-De la Vega. Es más, el aviso de que habían salido del Monumento a la Revolución camiones con agentes armados de la Dirección Federal de Seguridad, fue recibido como un anuncio alarmista más.
Otros indicadores de que podría producirse una represión podrían haber llegado hasta la dirección del movimiento estudiantil, como que se había otorgado un día de asueto a los trabajadores de la Secretaría de Relaciones Exteriores porque ``iba a haber problemas''.
De ser así, fueron interpretados como una de las habituales medidas para aislar a la población y, en particular, a la burocracia de los actos del movimiento.
Paralelamente las provocaciones se sucedían: existen multitud de testimonios de aproximaciones a los miembros más conocidos del CNH realizadas por supuestos estudiantes radicalizados, que insistían en que el movimiento estudiantil ``debería armarse''. Hay constancia de que en muchas de estas ocasiones los dirigentes rechazaron estas propuestas. Ayax Segura, del que luego se sabría era agente de Gobernación, hizo la oferta públicamente en una sesión del CNH. El autor de estas notas recuerda que había actuado a fines de septiembre para desmontar una provocación organizada por la policía en este sentido, que involucraba a un grupo de brigadistas de la Preparatoria uno.
Antes de iniciarse el mitin, en la plaza se presentó un individuo con un recado apócrifo de Genaro Vázquez pretendiendo que se leyera durante el acto. Era un texto absurdo. Gilberto Guevara lo despidió sin hacerle caso.
Más tarde, el personaje habría de intervenir como agente policiaco en la represión.
La tentación, tras 70 días de lucha, de responder a la violencia gubernamental con violencia, estaba en el interior del movimiento. Los tiroteos contra brigadistas, las agresiones de las porras, las intervenciones armadas de granaderos, policías y soldados en las escuelas durante septiembre, actuaban como revulsivo, pero la idea dominante en el movimiento, sobre todo entre los cuadros de dirección, era que la fuerza de la movilización estaba en su acción de masas y que si una minoría optaba por las balas el movimiento perdería su fuerza, incluso justificaría políticamente la represión gubernamental.
Había pistolas entre los estudiantes, pero en manos de una absoluta minoría, y sus propietarios las entendían más como un elemento defensivo para evitar el asesinato o la detención.
La oferta de armas por parte de provocadores parecía confirmar la tesis de la mayoría de la dirección estudiantil.
4) La decisión de reprimir en Tlatelolco fue tomada por Díaz Ordaz al menos el 30 de septiembre, probablemente antes, bajo la forma de desatar una represión ``ejemplarizante'', aunque la decisión de hacerlo el 2 de octubre dependió del accionar del movimiento.
5) Según estimaciones de la Comisión de la Verdad, en Tlatelolco habrían actuado más de 8 mil efectivos de las fuerzas represivas estatales entre soldados, granaderos, policías del DF, Policía Montada, policías secretas de todo tipo, policías judiciales del DF y federales, miembros del Batallón Olimpia y bomberos y 300 vehículos entre tanques, tanquetas, blindados y jeeps con metralletas.
La movilización de estas fuerzas y las órdenes se dieron al menos 24 horas antes. Las órdenes fueron diferentes. Mientras el Ejército probablemente recibió la orden de intervenir en caso de ``disturbios'', el Batallón Olimpia, los agentes de la DFS y la Policía Judicial recibieron orden de crear el ``disturbio''.
El Batallón Olimpia había sido integrado en febrero del 68 con la misión de custodiar las instalaciones y ejercer servicios de orden en las futuras Olimpiadas, dependía directamente en la línea de mando del Estado Mayor Presidencial y, por lo tanto, de la Presidencia de la República. Había sido formado tomando tropa de batallones de todo el país y tenía un número de suboficiales más alto de lo normal. Estaba dirigido por el coronel Ernesto Gómez Tagle y el 2 de octubre había sido reforzado por dos secciones de caballería del 18 y el 19 regimiento.
Sus órdenes eran asistir al acto vestidos de civil y con un guante blanco en la mano izquierda como identificación. Esa misma orden recibieron los judiciales federales 24 horas antes. La orden incluía la prohibición de portar identificación o documentos personales y no se precisaba si los miembros del batallón deberían llevar un guante o un pañuelo enrollado en la mano izquierda.
En las investigaciones de la Comisión de la Verdad apareció frecuentemente otro nombre, el del mayor Cuauhtémoc Cárdenas, posiblemente mayor de la policía, cuya misión era coordinar militares del Batallón Olimpia y judiciales.
6) El Batallón Olimpia tenía órdenes de bloquear el edificio ``Chihuahua'', detener a los miembros del CNH, tomar el segundo y tercer piso, disparar sobre la multitud.
Los judiciales tomaron posiciones en la plaza, a la que arribaron incluso antes que los estudiantes, la torre de Relaciones Exteriores, que dominaba la Plaza de las Tres Culturas; en particular en el piso 21, donde había un grupo de agentes de la Dirección Federal de Seguridad a cargo del comandante Llanes. Versiones no confirmadas insisten en que Mendiolea dirigió la operación desde la torre de Relaciones Exteriores.
En la zona de niebla que aún hoy cubre lo sucedido el 2 de octubre de 1968, se encuentran los nombres de los que coordinaron la operación represiva, quiénes de los jefes policiacos y militares dentro de la zona conocían exactamente lo que habría de pasar y quiénes tenían información parcial. Al menos tres fuerzas actuaron sincronizadamente a las 6:10 de la tarde: los francotiradores de la policía, que dan la señal al arrojar las bengalas; las fuerzas militares, que irrumpen en la plaza; y los efectivos del Batallón Olimpia.
7) A las 6:10 de la tarde se producen en una secuencia rápida los siguientes acontecimientos:
Arribo de los camiones de los paracaidistas que comienzan a descender en los alrededores de la plaza.
Un helicóptero (¿militar?) sobrevuela la plaza.
Desde la torre de Relaciones Exteriores (y no desde el helicóptero, como se afirmó posteriormente) se disparan dos bengalas, la primera verde y la segunda roja.
El Ejército avanza hacia el mitin.
Sócrates le quita el micrófono al orador y grita: ``¡No corran, es una provocación!''.
Desde el ``Chihuahua'' se producen los primeros disparos sobre la multitud. El testimonio de Eduardo Valle, El Búho, es preciso y con él coinciden muchos más: ``Dos bengalas e inmediatamente después vi a un civil armado y vestido con gabardina que disparaba una carga de pistola contra la multitud''. Varias versiones coinciden en señalar a este hombre y a otros vestidos de civil como los iniciadores del tiroteo. Hasta el censurado Diario de la Tarde registró: ``Los individuos enguantados sacaron sus pistolas y empezaron a disparar a boca de jarro e indiscriminadamente sobre mujeres, niños, estudiantes y granaderos''.
Hay versiones contradictorias sobre si los disparos de los miembros del Batallón Olimpia se iniciaron en el tercer piso o también en la planta baja y el segundo piso.
¿Incluían sus órdenes disparar sólo sobre la multitud?, ¿o también sobre los militares uniformados en la plaza? La hipótesis de que lo hicieron cuando la multitud avanzaba hacia el edificio para proteger a los miembros del CNH y/o replegándose de la tropa fue desechada por la Comisión de la Verdad. Los disparos fueron hechos antes de que la multitud se moviera hacia el ``Chihuahua''.
Sobre la multitud se dispara desde la torre de Relaciones y, según testimonios de vecinos recogidos por la Comisión, hubo ``disparos de ametralladora que salían de los altos del edificio''.
¿Se disparó desde el segundo piso? ¿Fue desde el departamento que habían tomado previamente y que luego usarían para las primeras concentraciones de detenidos?
Existen testimonios varios de que los soldados dispararon sobre la multitud en la zona del Eje Central, una vez que cayeron las bengalas.
8) A estos disparos siguen de inmediato los tiros disparados por los efectivos del Ejército uniformado en la plaza, que viene entrando desde diferentes lados. Los tiros son de abajo hacia arriba y/o sobre la multitud.
Mientras esto sucede, un alud de efectivos del Olimpia y policías irrumpen en el tercer piso con pistolas en las manos. Comienzan a golpear y a detener a los estudiantes y periodistas que se encuentran allí.
Cuando se inicia el tiroteo ya el Batallón Olimpia había ocupado el tercer piso del ``Chihuahua'' y tenía a la gente con los brazos en alto, o lo estaba ocupando. Tenían además bloqueadas las salidas del edificio.
En el ``Chihuahua'' habría unos 300 estudiantes entre miembros del CNH, de las comisiones de orden, del grupo técnico que se hacía cargo del sonido, periodistas y colados.
La multitud que se replegaba hacia el ``Chihuahua'' fue recibida por civiles que en la planta baja del edificio descargaron revólveres contra ellos.
Algunos miembros del Olimpia en el edificio ``Chihuahua'', tras hacer tirarse al suelo a los detenidos, se encuentran con que el Ejército en la plaza dispara sobre el mismo inmueble. Soldados del batallón , al ver que el ejército les disparaba, azorados buscaban un walkie-talkie para comunicarse con los de abajo. Se suceden los gritos de ``no disparen, Batallón Olimpia''.
Multitud de testigos reseñan estas frases. Los tiros y luego los llamados a no tirar y los reclamos de: ``somos guante blanco''.
Este hecho confirmaría que la intervención del Olimpia era del conocimiento del Ejército.
En paralelo comienza la detención de los estudiantes que lograron ocultarse en los departamentos. Continúan las comunicaciones entre el Olimpia y los soldados mientras sigue el tiroteo: ``Aquí Batallón Olimpia, bajo con un prisionero''.
El helicóptero ametralló a la multitud; a veces tiraban balas trazadoras, sobre esto hay múltiples testimonios.
Durante una hora y cincuenta minutos se dispara contra una multitud desarmada. Según datos oficiales se hacen 15 mil disparos. Dentro del cerco, la multitud es arrojada hacia uno u otro lado de la plaza, donde la reciben a tiros o con la bayoneta calada.
Según testimonios oficiales recogidos por el diario El Universal, que coinciden con el primer reporte de la Cruz Roja, la mayoría de los muertos reconocidos por las autoridades lo fueron a causa de heridas de bayoneta, entre ellos un niño.
9) El comportamiento de las fuerzas del Ejército fue diferente según las zonas y los mandos. Varió de una voluntad asesina a una indisciplina pasiva que salvó a muchos manifestantes. Hay variados testimonios de que soldados dispararon contra ambulancias de la Cruz Verde para que no entraran al cerco en los primeros momentos; existen testimonios de estudiantes dejados salir del cerco por soldados ``haciéndose los ciegos'' (fundamentalmente en la parte norte de la plaza y durante los primeros 15 minutos); testimonios que narran cómo en los primeros momentos algunos soldados dispararon al aire y también hay múltiples testimonios de estudiantes impulsados por los soldados a bayoneta calada hacia la zona del tiroteo (por ejemplo, en la zona de los asta banderas cercana a Voca Siete sobre la calle Manuel González). Los heridos allí lo fueron a bocajarro. según la revista Time varios de los cadáveres tenían huellas de pólvora en la ropa.
El horror se vuelve absurdo en el caos. ¿Quince mil disparos para disolver un mitin? Ciento diez minutos de terror sobre una multitud indefensa tratando de salir del cerco.
10) La magnitud de la represión la da con más fidelidad la cifra de heridos: no menos de 700.
Gracias a la intervención memorable de la Cruz Roja y la Cruz Verde, muchos de los heridos hoy pueden contar la historia. Las dos Cruces tuvieron 42 ambulancias en el terreno sacando heridos y su presencia costó a los trabajadores de esas dependencias tener en la jornada seis camilleros heridos.
Estos fueron enviados, en principio, al Hospital Rubén Leñero y al Hospital de la Cruz Roja. Según el director de emergencias del Leñero, el doctor Jiménez Abad, allí se recibieron ``600 heridos'', de los cuales ``entre 12 y 18 murieron''.
Saturado el Leñero, algunos de los heridos fueron enviados a otros nosocomios del DDF, Cruz Roja y aun al Hospital Militar. Pero a partir de las nueve de la noche, y por órdenes del subjefe de la policía Mendiolea, los hospitales fueron intervenidos por la policía y según el testimonio de un doctor en el Rubén Leñero, ``los granaderos y los secretos venían y nos quitaban a los muchachos de los quirófanos donde los estábamos operando y se los llevaban. Dónde quedaron esos muchachos, y si murieron, nadie lo sabe''.
11) No hay duda que las diferentes fuerzas represivas que participaron en Tlatelolco intercambiaron disparos entre ellas. ¿Fue una manera en la que los Olimpias y los agentes de la DFS provocaron al Ejército para luego estalecer la farsa de la agresión estudiantil o simplemente resultado del caos, descoordinación de las fuerzas que intervenían e ineptitud de los mandos?
El Ejército tuvo diez bajas en la operación de Tlatelolco. Tres soldados muertos y siete heridos, entre ellos el general de paracaidistas Hernández Toledo, que dirigía la operación. Ninguno de ellos fue herido por balas de bajo calibre. Uno de los soldados reportaba ante el Ministerio Público que se había herido solo al disparársele un tiro en el pie, otro que había sido herido por un fragmento de metralla rebotada (probablemente de las balas de alto calibre que dispararon las tanquetas), un tercero que había sido herido por un disparo que vino del edificio ``Chihuahua''. El propio Hernández Toledo recibió una bala en la baja espalda en el momento en que se iniciaba la operación. La bala era de un AR-12, un fusil muy poco común en México. En los momentos de recibir el impacto estaba dando la espalda a la torre de Relaciones Exteriores. Por la trayectoria del impacto le habían disparado los agentes de la DFS allí situados o los que actuaban desde el helicóptero.
¿Qué pensaría el general mientras convalecía de su herida? ¿Se supondría víctima de un fuego cruzado entre compañeros o pensaría que era un peón en un juego de provocaciones en el que poco importaba volarle la columna vertebral?
Las bajas del Batallón Olimpia, oficialmente inexistente en Tlatelolco, nunca se reportaron. Tampoco se reportaron las bajas de las diferentes policías.
12) El Estado mexicano nunca se ha mostrado muy sofisticado en la elaboración de sus mentiras. Pareciera como si en el fondo la cortina de humo sólo tuviera un carácter ritual y quisiera que, en su absoluta prepotencia, se reconociera su decisión de masacrar. La masacre así adquiere su verdadera dimensión de advertencia. Quizá esto explica la inconsciente torpeza de sus argumentos, la debilidad absoluta de sus pruebas.
La versión oficial se produjo antes de que los disparos terminaran de escucharse en Tlatelolco. El jefe de prensa de la Presidencia, Fernando M. Garza, habló a periodistas de una ``provocación estudiantil que había terminado en tiroteo''. Díaz Ordaz se aferró en todas sus intervenciones a la tesis de que los estudiantes habían disparado sobre el ejército y que éste,que tenía órdenes de defenderse, respondió a la provocación. El general García Barragán, ministro de la Defensa, amplió diciendo que se había tratado de ``guerrilleros que provocaron al Ejército''. Meses más tarde, en los juicios a los dirigentes estudiantiles capturados la versión se elaboraría un poco más, apoyándose en declaraciones de infiltrados como Sócrates y Ajax Segura, señalando que en el CNH se habría tomado la decisión de crear cinco columnas armadas y que éstas actuaron en Tlatelolco.
Pero la versión gubernamental en clave de telenovela hacía agua por todos los rincones. Los altos mandos del Ejército y la policía nunca pudieron ponerse de acuerdo en sus declaraciones respecto a cómo había empezado el tiroteo y quién había pedido la intervención de quién: la Secretaría de la Defensa declaró que había recibido una petición de apoyo de la policía (40 minutos antes de que se produjeran los disparos); la policía aseguró que no había pedido la intervención de nadie y los judiciales se limitaron a declarar que los disparos habían surgido del edificio ``Chihuahua'' y que ellos habían respondido.
Los supuestos francotiradores situados en los edificios vecinos jamás aparecieron y sus armas nunca fueron encontradas, a pesar de que la plaza estuvo bajo control militar por tres días.
Días más tarde la policía mostró el arsenal supuestamente capturado a los estudiantes, compuesto de siete pistolas, dos escopetas y un aparato de radio. Un arsenal minúsuculo, con armas cuyos calibres no coincidían con las balas que se extrajeron a los heridos. La aparición de algunas escopetas de caza en departamentos registrados de la Unidad Tlatelolco fue mostrada como parte del arsenal estudiantil, pero incluso la prensa controlada de la ciudad de México señalaba que las escopetas no habían sido usadas.
El número de detenidos rebasó el millar y medio, pero el único estudiante al que se le encontró un arma en el tercer piso del ``Chihuahua'' fue a Florencio López Osuna. Una pistola familiar de bajo calibre. No había disparado.
La versión gubernamental no sólo era una chapuza ridícula, era algo peor, era la demostración de que la impunidad estatal dominaba la vida de los mexicanos, que Díaz Ordaz podía hacer reaparecer a la Virgen de Guadalupe o llevar a juicio al pato Donald acusado de extranjero pernicioso activo en el movimiento estudiantil.
13) Hubo una segunda balacera de corta duración hacia las 11 de la noche. ¿Un despiste? ¿La tensión? Ya no había contra quién disparar. Tenían todo controlado. Aprovecharon para perforar todas las ventanas del edificio con los proyectiles de ametralladoras de grueso calibre de las tanquetas.
14) Múltiples testimonios de la solidaridad y la defensa de los vecinos, escondiendo, bronqueándose con la policía, sacando, disfrazando a los estudiantes. Incluso la acción de unos vecinos de la unidad, que apedrearon tanquetas en los alrededores.
15) La operación policiaco-militar de la Plaza de las Tres Culturas produjo un número que podría alcanzar los cinco millares de detenidos, colocando a la ciudad de México en un estado de sitio virtual, ilegal y terrible. Parecer estudiante fue, durante muchos días, un grave delito.
Los detenidos ``especiales'', capturados en el edificio ``Chihuahua'', fueron identificados por policías infiltrados en el movimiento, conducidos a la iglesia y en la ex prisión de Tlatelolco fueron desnudados por los soldados, hombres y mujeres.Ahí mismo se golpeó a varios de ellos y se les robaron sus pertenencias personales.
En lo siguientes días habrían de ser sometidos a golpizas, fusilamientos simulados y torturas en instalaciones policiacas y en el Campo Militar número 1.
Una semana después de la matanza permanecían detenidos mil 500 de ellos. Más de 300 lo serían hasta la amnistía del 71.
16) La cifra de las víctimas se volvió un baile burlón y terrible que habría de durar hasta nuestros días. En el hospital, Hernández Toledo declaró: ``No falleció ninguno'', y Díaz Ordaz se negó a ofrecer cifras y nombres.
El gobierno hizo de no reconocer ninguna cifra un asunto de Estado. Los asesinados en Tlatelolco debían desaparecer. En la moderna brujería de la desinformación el conjuro era tan barroco como sinuoso: la masacre queda como monumento a la omnipotencia del Estado; los muertos son anónimos e incontados.
El vacío informativo fue llenado de cualquier manera. El diario inglés The Guardian hablaba de 325 muertos. Las cifras estudiantiles fueron dadas de manera irresponsable en los primeros días y más como una reacción ante el intento del gobierno de ocultar los datos, que como un intento de reconstruir la verdad. Se habló de mil muertos, de 500.
Declaraciones llegadas años más tarde a la Comisión de la Verdad hablaban de que una parte de los cadáveres habían sido arrojados al Golfo de México por aviones militares.
No era fácil reconstruir la lista. Muchos de los muertos no eran estudiantes, lo que hubiera facilitado el reconocimiento, sino empleados, trabajadores, vendedores ambulantes; las familias fueron presionadas para firmar actas de defunción que atribuían la muerte a causas naturales y los parientes fueron amenazados por la policía. Finalmente, en diciembre de 1969 el Consejo Nacional de Huelga reportó ``cerca de 150 muertos'', esta cifra permaneció en la memoria colectiva.
Las primeras listas confiables reconocían tres docenas de nombres y todo el mundo pensaba que eran dolorosamente incompletas, que morir en Tlatelolco tenía la doble maldición del anonimato: Cecilio, comerciante de 24 años, se había visto su cadáver en Traumatología de Balbuena; Leonardo Pérez González, maestro de vocacional; Guillermo Rivera Torres, voca 1, 15 años; Antonio Solórzano ambulante de la Cruz Roja; Gilberto estudiaba en cuarto año en la ESIQIE; Cordelio en Prepa 9; José Ignacio, 36 años, empleado...
Finalmente, en el 93 los nombres y apellidos de más de una treintena fueron colocados en la estela que hoy existe en la Plaza de Tlatelolco. La Comisión de la Verdad analizó 70 casos en 1993, de los cuales se pudo lograr la plena identificación de 40 muertos.
17) Como epílogo a esta mexicanísima historia de la ignominia podría narrarse que unos días después de la matanza fueron detenidos en Tlatelolco ocho saqueadores armados con pistolas calibre 22 y 38, que estaban desvalijando departamentos abandonados por vecinos aterrorizados. Al identificarse como policías y tras hacer una llamada al Departamento del Distrito Federal fueron liberados, quedaron constancia de sus nombres y de sus armas.
Estos últimos saqueadores se sumaron a las decenas de actos de rapiña del Ejército contra los detenidos y a los robos a departamentos mientras la zona se encontraba cercada y guarnecida por lo tropa.
La masacre puso a la defensiva al movimiento estudiantil y forzó la llamada ``tregua olímpica'', pero la huelga se sostuvo masivamente dos meses más.


Casi 40 años y no se olvida
Paco Ignacio Taibo II
A lo largo de las semanas recientes he vuelto a contar mi versión del movimiento de 1968. Fuerzo la memoria, rasco en los recuerdos, intento interpretaciones, definiciones. He hablado en un mercado, en un tianguis de libros en la plaza mayor de Tlalpan, en una escuela. El espacio previsto está desbordado, hay gente sentada en el suelo, parados en las últimas filas. Los ojitos le brillan al personal; y no por mis dotes de narrador oral, sino porque estoy convocando a un fantasma.
No deja de sorprenderme el interés, la persistencia de la memoria, el atractivo del pasado reciente.
Entre los asistentes hay algunos veteranos. Veo a lo lejos al Che, que ahora vende juguetes educativos, y que protagonizó durante los primeros días del movimiento una batalla brillante para quitar de las manos de la gandalla la dirección del movimiento en la escuela de derecho de la UNAM, y que pasó por la cárcel; hay una ex estudiante de Prepa Uno que devino maestra de primaria; hablo con una pareja de doctores que estudiaban Medicina en la UNAM; reconozco a uno de los dirigentes del movimiento en Voca 7 y me da gran placer verlo sonriente.
¿Cuántos años debes tener para ser veterano del 68? No menos de 55, y eso si eres un veterano junior y tenías 14 o 15 cuando se produjo el movimiento, como Luis Gómez, que estudiaba en una prevocacional, el miembro más joven del CNH. Pasas de los 60 si tenías más de 25. Habrá de aceptar que somos una generación desgastada por el paso del tiempo. Pero he visto a centenares de los veteranos en la reciente gran batalla del DF, los campamentos contra el fraude de agosto-septiembre del año pasado. Ruquitos pero rijosos.
Han pasado 39 años y como si lo trajéramos grabado en el ADN, no se olvida. Y este “No se olvida” se socializa. “No se olvida” es patrimonio nacional. No lo olvida el medio millón de estudiantes que lo vivieron ni lo olvida la nieta, que llegó a la vida 23 años después; ni Josué, que llegó al DF cuando el movimiento estudiantil se había extinguido; ni los estudiantes de CCH a quienes se lo han contado tan mal que piensan que Cueto y Mendiolea son nombres de calles que hacen esquina. Y generosamente no lo olvidan los supervivientes del movimiento ferrocarrilero del 58-59, que tendrían muchos motivos para que lo que no se olvidara fuera su gloriosa batalla, o los jaramillistas, o los electricistas del SUTERM, o los maestros de Oaxaca.
Nacidos para perder, pero no para negociar
El 68 no se olvida, es patrimonio de los mexicanos que han hecho de la memoria, falsa o cierta, memoria prestada u original, un recurso de orgullo para sostener la resistencia. Resumo para mí mismo: no se olvida, porque no nos da la gana. Y porque no queremos olvidarlo.
En otros países celebran las victorias, en México se celebra la honrosa derrota. En el país de la transa, el negociado tortuoso, la venta al por mayor de las nalgas y el alma, la traición como una de las bellas artes, el abandono de los principios por desidia, agotamiento o deudas múltiples de la renta, se festina la irredenta terquedad del golpeado que vuelve, una y otra vez, de la lona para ganar la gloria brevemente ante el marrano Estado que juega sucio.
Alguna vez propuse que nuestra coraza emblemática debería ser una camiseta que en la parte delantera llevaba la frase: “Nacidos para perder”, pero que en la espalda, con letras grandes, dijera: “Pero no para negociar”. La frase tuvo éxito, pero se la propuse a mis amigos, que no tienen idea de cómo grabar una camiseta.
Pero metámonos en el interior de la historia. ¿Qué es de los 123 días de huelga general estudiantil contra el gobierno de Díaz Ordaz lo que no se puede olvidar, lo que no queremos olvidar o lo que amablemente hemos olvidado?
No se olvida el 2 de octubre, la matanza, la conspiración, la sucia y asesina maniobra del gobierno para acabar con el movimiento. Y no se olvida por canallesca, porque ni siquiera la mancuerna Díaz Ordaz-Echeverría fue capaz de ir de frente a reprimir, tuvieron que construir una conspiración, crearon el Batallón Olimpia y sus francotiradores, les dieron órdenes de disparar contra una multitud desarmada en la que abundaban los adolescentes y los vecinos de Taltelolco, incluso dispararon contra el Ejército cuando tomaba la plaza para crear la cobertura (entre el saldo militar de Tlatelolco hay dos cadáveres, varios soldados heridos y un general balaceado en una nalga).
Las brigadas
Pero condenar al movimiento estudiantil y la huelga general a ser recordado por el 2 de octubre es de un reduccionismo patético. En la memoria colectiva está el 2 de octubre, pero también está el ataque al Casco de Santo Tomás por un batallón de la policía armado con rifles, la toma por el Ejército de la Ciudad Universitaria, los tanques confrontados por jóvenes que cantaban el Himno Nacional. Y también están las escuelas tomadas, los debates, las lecturas colectivas y, sobre todo, está el brigadismo, las grandes manifestaciones, las memorias de la solidaridad popular.
¿De dónde sacó su sabiduría organizativa el movimiento? Curiosamente de la necesidad de impedir que se creara una dirección reducida y que ésta se vendiera y negociara con el Estado en lo oscurito. De la experiencia del 66. El movimiento desde sus orígenes puso el poder en manos de la asamblea de la escuela y ésta nombraba a tres delegados al Consejo Nacional de Huelga, el CNH. Los delegados no eran permanentes, la asamblea podía removerlos cuando no estuvieran de acuerdo con las posiciones de la mayoría. La dirección del movimiento quedaba así depositada en una gran asamblea que no podía ser destruida por cooptación o represión, porque renovaba sus miembros al instante. Sabiamente el CNH cambió a lo largo del movimiento a sus oradores y a sus portavoces. Entre asamblea y asamblea en las escuelas existía un comité de huelga, de composición bastante flexible, que solía rondar por la docena de miembros. Por la base, el movimiento estaba organizado por brigadas y por comisiones que desaparecían cuando se acababa su misión. Las brigadas eran grupos de afinidad, generalmente pequeños, siete u ocho compañeros; a veces enormes, 20 o 30, que actuaban a su antojo, sobre todo en labores de propaganda. Miles de brigadas salían a la calle todos los días. Fue quizá el único momento en que la propaganda directa fue capaz de derrotar el inmenso poder del monopolio mediático que el poder construyó y puso frente a nosotros como si fuera un muro berlinense.
Lamentablemente la asamblea no incluyó a profesores ni a trabajadores que tuvieron que darse sus propias formas de organización dentro del movimiento, cierto es que los profes que se incorporaron lo hicieron lentamente y bajo tremendas presiones.
A los mitos no se les avienta tierrita. Somos muy generosos cuando giramos hacia nuestro pasado, se nos olvida el sectarismo que habíamos heredado de la vieja izquierda, las batallas absurdas entre el ala derecha y el ala izquierda del movimiento, que vistas al paso del tiempo no dejaban de tener razón y razones ambas. Se nos olvida la pobreza de nuestro lenguaje político; como en nuestras esquizofrénicas mentes que no se permitía que la parte del cerebro que contenía a Cortázar, la prosa del Che en los Pasajes... o los poemas de Benedetti, llegara a la otra parte del cerebro donde insultábamos a Díaz Ordaz y sus sabuesos. Se olvida el farragoso tedio de la asamblea, la duración interminable, las mociones continuas, el diálogo tartamudo. Pero la democracia es cabrona cuando los que no hablaban hablan. Decíamos de un camarada que era poema de Miguel Hernández, por lo de “el rollo que no cesa”, en alusión al Rayo de Miguel, y no era el único.
Afortunamente nos acordamos de los locatarios de los mercados que nos regalaban sacos de papas, de los aplausos en las puertas de las fábricas, de la solidaridad maravillosa y de alto riesgo de los maestros de primaria, de la entrega, la generosidad, el buen humor para enfrentar al totalitarismo priísta.
El 68 es el punto de partida, de ahí venimos. Una generación asume la voluntad de cambiar este país, la mexicanización de los hijos de la clase media expresada en la recuperación del Himno Nacional, y lo hace con la movilización social, la experiencia autogestiva, el descubrimiento de la ciudad y sus inmensos límites y fronteras, con la revolución cultural y, sobre todo, con un pacto a futuro.
De ahí millares de nosotros nos desparramamos por la sociedad construyendo y colaborando a construir movimientos democráticos sindicales, agrarios, universitarios, populares, culturales, profesionales.
¿Cómo se va a olvidar?
Al final de una de las conferencias una mujer me pregunta: “¿Y el miedo? ¿No tenían miedo?”
Mucho, le digo. Igual que ahora. Pero los miles que estaban al lado te querían tanto que te protegían y te quitaban las ganas de salir corriendo.
POSDATA: Mi hija también me pregunta que quiénes eran Mendiolea y Cueto y que por qué no hacían esquina. Tengo que ponerme pedagógico y contarle que básicamente no hacían esquina porque no eran calles, sino los jefes de la policía de la ciudad de México, cuya renuncia pedía el programa de los seis puntos, bandera del movimiento estudiantil. Y espero sinceramente que los panistas nunca ganen las elecciones en la ciudad de México, no vaya a ser que un día Mendiolea y Cueto sí hagan esquina.




Prensa extranjera: reacciones e impresiones
Varios periódicos extranjeros publicaron de forma destacada notas sobre la serie de fotos inéditas de la represión en Tlatelolco que dio a conocer Proceso e hicieron notar que la salida a la luz de las imágenes tomadas por un fotógrafo del gobierno en 1968.
En una nota que ocupó media plana de la página 3 de su edición del jueves 13, el diario The New York Times comentó:
Una serie de escalofriantes fotos en blanco y negro emergió misteriosamente esta semana para ofrecer la primera documentación gráfica del papel jugado por una fuerza de seguridad especial que se llamaba a sí misma el Batallón Olimpia.
La nota, firmada por la corresponsal Ginger Thompson, continuó:
La publicación ocurre en un momento en que los mexicanos están inmersos en una búsqueda nacional de la verdad respecto de los más brutales abusos de poder en su historia reciente (...)
Demandas destellantes de conocer la verdad sobre abusos gubernamentales del pasado y sobre lo que se ha llamado la masacre de Tlatelolco se convirtieron en una tormenta de fuego, cuando los mexicanos pusieron fin al gobierno, de 71 años, del Partido Revolucionario Institucional, al elegir como presidente a Vicente Fox. Fox (...) prometió formar una comisión de la verdad para investigar acusaciones de abusos cometidos en el pasado.
Desde entonces, el presidente se ha retractado de dicha promesa bajo presión del PRI y por advertencias de miembros de su propio gabinete (...) Sin embargo, en semanas recientes, cuestionamientos insistentes, en casa y en el extranjero, respecto del compromiso de Fox con los derechos humanos empujaron al presidente a ofrecer avances en casos prominentes.
El diario británico The Guardian también puso la revelación de la serie de fotografías en el contexto de una intensa presión para investigar violaciones a los derechos humanos en México.
En una nota firmada por Giles Tremlett y Jo Tuckman, y publicada en la edición del lunes 11, el periódico londinense informó:
Desde que tomó el poder, Fox se ha retractado de su promesa de campaña de crear una comisión de la verdad para revisar abusos cometidos en el pasado, aparentemente por el temor de antagonizar con miembros del PRI, que se mantiene como el partido más grande en el Congreso. Sin embargo, el asesinato de la abogada defensora de derechos humanos Digna Ochoa en octubre último renovó la presión sobre Fox para enfrentar el tema. El mes pasado, el presidente fue reconocido por responder rápidamente a un informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre los desaparecidos de la guerra sucia.
El informe encontró evidencias claras de que entidades del gobierno fueron responsables de 275 de las 532 desapariciones que investigó y Fox ordenó la creación de una fiscalía especial para revisar los casos.
Hasta ahora, sin embargo, la masacre de Tlatelolco ha permanecido en un segundo plano y la publicación de las fotos aún no ha propiciado una reacción oficial.
Por su parte, el diario español El Mundo, que publicó el domingo 9 un reportaje en su primera página y muchas de las fotografías obtenidas por Proceso, opinó que las imágenes prueban lo que era un secreto a voces: que el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz y el Ejército Mexicano fueron los responsables de la matanza de cientos de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, perpetrada la noche del 2 de octubre de 1968. Este crimen de Estado —continuó el diario madrileño— fue orquestado para permitir el desarrollo sin incidentes de los Juegos Olímpicos celebrados ese año en México.

La brutalidad del 68, testimonios sobre la noche del 2 de octubre
Una serie de fotografías inéditas hasta ahora, que presentan a víctimas mortales de los sucesos de 1968 en Tlatelolco, da cuenta de la saña utilizada para atacar a quienes se hallaban en el lugar. Las imágenes, que en su mayoría presentan cuerpos de jóvenes a los que se arrancó la vida de manera brutal, arrojan elementos discrepantes con la versión oficial en torno de estos hechos, especialmente sobre cuántas personas murieron durante los sucesos, por qué, cómo y a manos de quién.
De acuerdo con testimonios que ha sido posible recabar, las gráficas fueron tomadas por el fotógrafo de EL UNIVERSAL Manuel Rojas, fallecido años después, quien logró salvarlas de un amplio operativo de allanamiento y despojo desarrollado esa larga noche por agentes gubernamentales que virtualmente tomaron bajo su control a los periódicos capitalinos. El reportero gráfico entregó después ese material a directivos de la institución, quienes lo resguardaron, y hoy disponen su publicación.
Durante las últimas semanas este juego de 12 fotografías fue mostrado a especialistas en medicina forense, a defensores de derechos humanos, a intelectuales y a ex líderes de aquel Movimiento del 68. Los dos principales funcionarios del Servicio Médico Forense (Semefo) del Distrito Federal eran en 1968 auxiliares de perito en ese mismo sitio y ahora, casi 34 años después, rememoran aquella noche difícil: "Nunca en todo este tiempo coinciden hemos vuelto a ver escenas tan crueles como aquéllas".
Los comentarios de ellos y de los demás personajes consultados ratificaron la pertinencia de presentar a la opinión pública este material por decisión de esta casa editorial, como una aportación para el debate sobre el país que fuimos y sobre el país que deseamos ser.
“Hicieron lo que sabían hacer...”
Estos dos pares de ojos están entrenados para detectar y seguir los rastros de la muerte. Cadáver tras cadáver, año tras año, han ido acumulando una experiencia que muy pocos humanos llegan a tener. La mirada de estos dos hombres recorre los mismos cuerpos sin vida, las mismas heridas, los mismos rictus de dolor con los que hace 33 años se encontraron de improviso en una noche de octubre.
José Ramón Fernández y Gilberto Ibarra están ampliamente calificados para esta tarea. Son el director y subdirector, respectivamente, del Servicio Médico Forense del DF. El 2 de octubre de 1968 eran asistentes de perito en el mismo lugar en el que hoy observan las fotos de los muertos de Tlatelolco. Desde entonces, nunca han vuelto a ver escenas tan crudas y lesiones tan atroces como las que hoy de nuevo tienen entre sus manos. Las fotos que examinan hablan por sí mismas, lo dicen todo: "Tienen algo en común: muestran el uso diestro de las bayonetas y disparos de armas de fuego con balas expansivas. Sabían dónde atacar. Las heridas no están en los brazos, en las piernas o en un pie. Van al corazón y a los órganos vitales. Hicieron lo que sabían hacer...". Alguna razón tendrán para no concluir la frase anterior. No se atreven a decir explícitamente "Hicieron lo que sabían hacer: matar". Pero igual lo expresan con otras palabras. Igual de secas, duras, contundentes. "Recuerdo que en un cadáver había un golpe de bayoneta sobre un costado del cuerpo, y arriba el disparo", dice el doctor Ibarra.
¿Y eso qué implicaba? ¿Lo remataron en el piso?
Bueno, a la hora de meter la bayoneta en el cuerpo, se jalaba también el gatillo. Como si fuera un combate cuerpo a cuerpo, como si estuvieran en guerra...
Estaban adiestrados para ello. Es lo que los militares hacen todos los días. Los entrenan para eso.
El doctor Fernández interviene. Trata de encontrar alguna lógica a lo que de entrada es irracional. Es hombre de largas horas de vuelo en los anfiteatros. "La comparación es muy burda... y no quiero ofender a los soldados... pero si tuviéramos un perro de caza, lo entrenáramos... y de repente lo soltáramos....y le dijéramos "sobre él"... ¿quién sería el verdadero culpable? ¿El perro? Los culpables son los que dieron la orden.
"Perros de caza"... acaba de decir quien habla no en su calidad de director del Semefo, sino de experto en determinar por qué es que la gente pierde o le es despojada la vida. Intenta decir que los soldados mataron de esta manera porque para eso los educaron.
Las frases sueltas, cortas, que ambos van pronunciando mientras observan lo que el 3 de octubre del 68 vieron por primera vez se acumulan: "Los cadáveres tenían destrozado el tórax", "cráneo deshecho por instrumento corto-contundente", "traumatismo brutal", "herida por proyectil expansivo en la cabeza", "heridas van dirigidas al corazón", "gran escurrimiento de sangre sobre abdomen"...
Los términos médicos tratan de no reflejar emoción alguna, pero no alcanzan a cubrir la dimensión de lo que ocurrió ese 2 de octubre. "Fue impactante. Presenciamos lesiones que nunca habíamos visto y que a la fecha nunca más hemos visto. Mortales, muy precisas. Lesiones de la vida militar".
* * *
En 1968 Gilberto Ibarra había cumplido 17 años y cursaba tercero de preparatoria. Aún no ingresaba a la Facultad de Medicina de la UNAM, pero ya acudía al Semefo. Su padre, Juan Ibarra, era perito y él asistente.
Meses antes de que se produjera el asalto militar a Tlatelolco, ya sentía temor. No había clases. La Universidad estaba cerrada, tomada por el Ejército. Veía a los militares en el Zócalo, camiones del Ejército, con soldados armados, patrullando por las calles. El miedo se había instalado entre los habitantes de la ciudad de México.
"A mí me daba mucho temor. Yo era seleccionado del equipo olímpico mexicano de atletismo y entrenábamos en Ciudad Universitaria, pero para poder entrar al estadio Olímpico nos revisaban los soldados. Pasábamos una guardia, luego otra, una tercera y una cuarta... Entraba uno con miedo. En el estadio había gente apostada en las alturas, armada... Había mucha intranquilidad".
Como todos los días, Gilberto Ibarra fue a entrenar a Ciudad Universitaria el 2 de octubre. De ahí se fue a las instalaciones del Semefo, a donde llegó a las 10:00 u 11:00 de la mañana. Aún no ocurría nada, pero su padre intuía o sabía algo. Tenía amigos en diversas fuerzas de seguridad. Así es que lo sacó de la zona. Cruzaron Reforma y el ambiente no era usual. La tensión era palpable. "Se veían pasar ambulancias, camiones del Ejército. Llegué a ver una tanqueta, tanques ligeros, atrás de Tlatelolco...", recuerda Ibarra.
En la noche de ese 2 de octubre supo que algo había ocurrido. Las noticias lo decían. Había muertos. Y aunque tenía idea, no imaginaba lo que vería horas después.
La madrugada del día siguiente llegó al Semefo y se encontró con un mundo de gente, cámaras, policías; no se permitía el paso a nadie.
Y llegaban más cadáveres, habían estado arribando en el transcurso de la noche. Los colocaban en los pasillos, en las mesas, en donde podían. En las cuatro gavetas ya había cuatro cuerpos para empezar.
"Se veían muchos jóvenes. Impactos de bala tremendos. Me dijo mi papá ésto es calibre grande". Era un boquete. "Aquello parece un arma con balas expansivas... de las balas que al pegar con un cuerpo explotan". Eran verdaderos boquetes, de ocho, 10 centímetros... Cuando entran al cuerpo tienen un orificio de entrada normal, pero dentro del cuerpo explotan y se hacen unos boquetazos enormes...".
"A mí me impactaba mucho porque no eran lo que habíamos visto antes. Eran balas del Ejército. El soldado en batalla tiene un propósito: destruir, matar...".
Y ese día Gilberto Ibarra conoció el horror de las balas expansivas que desfloraban la vida de los jóvenes como él, como muchos de sus compañeros de clase. Las balas expansivas... Son proyectiles que tienen una perforación en el centro. Al final de la perforación tienen un fulminante y debajo del fulminante una carga de pólvora. En su trayectoria, es decir, el recorrido que hace en el aire, a esa perforación le entra aire a presión. Cuando choca el proyectil con un cuerpo, ese aire a presión golpea inmediatamente el fulminante, éste hace ignición, se prende la pólvora y explota.
Así es como descuartizan los cuerpos y las vidas.
* * *
Nadie conoce el número real de muertos como resultado de la matanza en Tlatelolco. La cifra oficial es de 30 o 33 personas que dejaron sus últimos minutos de vida en la Plaza de las Tres Culturas.
José Ramón Fernández tampoco tiene idea. "No me acuerdo, pero fue impactante porque había jóvenes, mujeres, adultos, niños. Yo tenía 18 o 19 años". Era estudiante de medicina, de primer año. Inicialmente se sumó a algunas manifestaciones, pero luego se salió del movimiento. Ya no acudía más... Ya era ayudante de perito. Cuando vio los cadáveres amontonados sintió coraje, un enojo que se enquistaba dentro del cuerpo. "Eran personas de mi edad, estudiantes, con disparos de armas de fuego, con heridas de bayoneta. Era la primera vez que veía tantos cadáveres juntos. Y nunca había pasado nada así".
Pasó horas y horas asistiendo en las autopsias. No hablaba. No había tiempo ni deseos de hacerlo. El malestar y el coraje aumentaron cuando vio el cuerpo de una compañera de la Facultad de Medicina, precisamente una de las que hoy, 33 años después, identifica de nuevo en las fotos. Tiene completamente desfigurado el lado derecho del rostro. No sabía su nombre, pero sabía que era ella. Y se quedó para siempre con su imagen.
* * *
Gilberto Ibarra escuchaba cifras enormes sobre el número de muertos. "Se decía que había cientos de muertos. Aquí teníamos unos 30 o 40. Llegó un camión militar y traía otros muertos, tres, cuatro, cinco... Y otros habían ingresado en ambulancias de la Cruz Roja. Vinieron de diferentes lados y en algunos casos no tenían papeles... Los traían aquí porque no había dónde más. Hicimos una relación de cuántos tenían papeles y cuántos no. Quién sabe cuántos tenían etiquetas...".
Y ante la confusión, entró el Ejército al Servicio Médico Forense. "Entraban militares, venían a hablar con el director, bajaban los militares, subían... Las instalaciones estaban como tomadas por militares. El control lo tenían ellos... Se metían al anfiteatro, estaban ahí. Se asomaban... En la tarde llegaron vehículos del Ejército a recoger los cuerpos que no tenían identificación. La orden fue que se los llevaran...".
Las noticias decían que había muchos más cuerpos. "Yo no veía que llegaran más, pero las noticias decían que iban más al Campo Marte... y me preguntaba ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué fue realmente lo que pasó? Hubo violencia extrema. Muchos cuerpos tenían tres o cuatro impactos".
* * *
Los jóvenes que hace 33 años vivieron horas de miedo y de indignación son ya hombres maduros. José Ramón Fernández y Gilberto Ibarra han visto desde entonces cientos de cadáveres... Pero estos dos pares de ojos ya acostumbrados a la muerte no han vuelto a ver nada igual. Nada como aquellos cuerpos, sin vida, destrozados, sojuzgados, ultrajados. Nunca han visto nada como eso.

200 muertos en Tlatelolco: cifras de EU

WASHINGTON. De acuerdo con documentos desclasificados por Washington y entregados a la organización Archivos de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés), la Embajada de Estados Unidos en México cifró entre 150 y 200 las personas que perecieron en la matanza del 2 de octubre de 1968, acto que es comparado por la NSA con la masacre de Tiananmen, en Pekín.
Además, un reporte de inteligencia estadounidense consideró que muchos de los reclamos estudiantiles tenían legitimidad.
Asimismo, en algunos textos secretos hasta su "desclasificación", la CIA, la Agencia de Inteligencia de la Defensa, la Embajada estadounidense en México y el FBI descartaron la intervención de organismos de inteligencia extranjeros en el movimiento, que en su opinión fue resultado más de cuestiones políticas internas que de agitación externa, como alegó el gobierno mexicano.
La documentación también revela que los generales Mario Luis Ballesteros Prieto y Luis Gutiérrez Oropeza "cambiaron deliberadamente" las órdenes que les diera en ese entonces el secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán.
En tanto, la Secretaría de Gobernación aseguró que el Centro de Investigaciones y Seguridad Nacional (Cisen) no tiene en su poder las fotografías ni material periodístico que agentes de esa dependencia incautaron la noche del 2 de octubre a periódicos capitalinos para impedir su publicación.
La postura de la dependencia se dio luego de que este diario publicara ayer una serie de fotografías inéditas sobre la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.
Por su parte, PRI, PAN y PRD demandaron al gobierno federal sumar esfuerzos para esclarecer los hechos y tomar como parte de sus investigaciones dicho material gráfico.
En entrevista, el ombudsman José Luis Soberanes manifestó que pese a la brutalidad de esos hechos los delitos prescribieron, por lo que será muy difícil que 33 años después se finquen responsabilidades penales en contra de quienes cometieron la masacre.
Dijo que en este caso no podría proceder una fiscalía especial como la que se conformó para investigar la guerra sucia , por lo que tendrá que buscarse un mecanismo dentro del marco jurídico para tratar este problema.
Asimismo, la Suprema Corte de Justicia turnará el expediente relativo a este caso al juez primero de distrito penal en el transcurso de la semana para que notifique a la PGR que debe investigar estos hechos.
Generales violaron órdenes de SDN
La masacre de Tlatelolco marcó el comienzo de una prolongada crisis política en México, estimó la organización Archivos de Seguridad Nacional (NSA, en inglés) luego de recibir documentos desclasificados por el gobierno estadounidense sobre el movimiento estudiantil de 1968.
La NSA obtuvo los documentos desclasificados sobre el movimiento estudiantil mexicano desde 1998 y tiempo después la encargada de esa organización para México y Centroamérica, Kate Doyle, escribió un análisis al respecto.
De acuerdo con la información divulgada en memorandos y textos de inteligencia entregados a NSA, la Embajada de Estados Unidos en México estimó que entre 150 y 200 personas murieron en la matanza del 2 de octubre de 1968 y un reporte de la inteligencia estadounidense consideró que muchos de los reclamos estudiantiles tenían legitimidad.
El movimiento estudiantil de 1968 fue considerado por los analistas de inteligencia y políticos estadounidenses como un "aviso" de que la "estabilidad" ya era algo sobrepasado. Los textos ofrecen una visión distinta a la versión del gobierno mexicano.
"El efecto del movimiento estudiantil, como mínimo, es haber intensificado el autoexamen ya en proceso entre los líderes políticos de la nación", indicó un reporte especial agregado al sumario semanal de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) del 17 de enero de 1969.
En por lo menos una veintena de textos secretos hasta su "desclasificación" la CIA, la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA), la Embajada estadounidense en México y la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) descartaron la intervención de organismos de inteligencia extranjeros en el movimiento, que en su opinión fue resultado más de cuestiones políticas internas que de agitación externa, como alegó el gobierno mexicano de entonces.
El análisis de la CIA restó importancia de hecho a la participación del Partido Comunista Mexicano.
Los documentos han sido "desclasificados" a lo largo de varios años por los Archivos de Seguridad Nacional, un grupo privado.
Según la CIA, una de las consecuencias inmediatas consignadas del movimiento fue el análisis, a fines de 1968 y principios de 1969, de la búsqueda de vías para "relajar" las reglas para la liberación de presos políticos.
Para la NSA, la matanza de Tlatelolco es comparable con la masacre de Tiananmen en Pekín, un momento en la historia "cuando el pacto entre el gobierno y el pueblo comenzó a desmadejarse y se inició la prolongada crisis política de México", según el análisis de Doyle.
El movimiento de 1968 en general y particularmente la masacre de Tlatelolco permanecen en la memoria de los mexicanos, indicó Doyle, que en 1998 denunció que el gobierno "sigue negando a su pueblo hechos básicos sobre lo que sucedió".
La documentación incluye un reporte en el que la DIA consignó que el entonces secretario de la Defensa Nacional, general Marcelino García Barragán, sustituyó a su jefe de Estado Mayor, general Mario Ballesteros Prieto, porque con el jefe del Estado Mayor Presidencial, general Luis Gutiérrez Oropeza, "deliberadamente cambiaron sus órdenes" respecto de la acción del Ejército en la plaza de Tlatelolco.
De acuerdo con un memorando confidencial de principios de 1969, "García Barragán había instruido a Ballesteros de enviar tropas para rodear la plaza de las Tres Culturas y observar lo que pasaba y prevenir que las manifestaciones estudiantiles se extendieran a otras partes de la ciudad".
El mismo documento consignó que una persona cuyo nombre fue borrado "expresó categóricamente que el avance del Batallón de Paracaidistas a la plaza, que resultó en una violenta confrontación con los estudiantes, no fue parte de la actividad militar planeada".
(Con información Alejandro Torres, Jorge Teherán, Juan Arvizu, Arturo Zárate, Lilia Saúl, Fabiola Guarneros, Carlos Avilés y Jorge Roldán)
“La plaza era una ratonera, y el edificio chihuahua, la trampa”
Un exmiembro del Ejército, Mario Alberto Sierra, decidió también ofrecer su testimonio sobre los acontecimientos de Tlatelolco, en lo que él llama un acto de conciencia. Estuvo asignado a labores de inteligencia, mezclado entre la multitud que asistió al mitin del 2 de octubre, y narra, desde su punto de observación, en calidad de cabo armero y desde sus recuerdos, quiénes y cómo prepararon la trampa que terminó en matanza.
José Gil Olmos
No fue sino hasta el mediodía del 2 de octubre de 1968 cuando el cabo armero Mario Alberto Sierra y su superior, el sargento de transmisiones Juan de Dios Gama Estrada, supieron que tendrían que ir a Tlatelolco para estar pendientes de lo que pudieran hacer los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.
Sus superiores les ordenaron que no llevaran identificaciones y, sin darles mayores explicaciones, les dijeron que si había problemas y eran detenidos por la policía, pidieran que los presentaran ante un agente del Ministerio Público. Ya en la delegación, deberían dar la consigna secreta para quedar libres: Yo pedí hablar con usted, señor licenciado.
Tras de ver las fotos publicadas la semana pasada por este semanario, Sierra se comunicó a la redacción de Proceso para dar su testimonio de lo que vio esa tarde.
Y revela: es casi seguro que ese día estuvo en Tlatelolco el actual jefe del Estado Mayor Presidencial, general Armando Tamayo, que entonces tenía el grado de teniente y formaba parte de la Primera Compañía del Primer Batallón de Infantería del Cuerpo de Guardias Presidenciales.
En un primer momento, Sierra quiso hablar desde el anonimato, pero luego aceptó dar su nombre. Su familia lo convenció. Tienes todo nuestro apoyo, le dijeron. De hecho, uno de sus hijos, que estudia periodismo, fue quien vio primero la revista y lo animó a hablar.
Es un acto de conciencia, justifica el exmilitar, que aún conserva una credencial que lo identificaba como cabo armero, matrícula 5645478, del Primer Batallón de Infantería, Cuerpo de Guardias Presidenciales.
Cuenta que su función era de OP: Oreja de Perro. Se infiltraba entre los estudiantes, asistía a marchas, mítines y asambleas para informar sobre el movimiento estudiantil. El pelo largo era su camuflaje.
A veces retomábamos la información de los periódicos porque era imposible entrar a las asambleas. La estructura de células del Consejo General de Huelga nos puso de cabeza porque nos impedía infiltrarnos, dice el ahora editor de libros.
Sierra estuvo en el Ejército cinco años, 10 meses y 13 días, según el certificado de baja fechado el 16 de noviembre de 1971. Se graduó como cabo armero en la Escuela de Materiales de Guerra, en Santa Fe, el 1 de enero de 1967. Hasta 1970 estuvo en el Cuerpo de Guardias Presidenciales y de ahí pasó a la Dirección General de Materiales de Guerra.
Su baja del Ejército, relata, la decidió poco después del halconazo, la represión de la marcha estudiantil del 10 de junio de 1971. Afirma que el grupo paramilitar que realizó esa acción, los Halcones, se comenzó a organizar, poco después del 2 de octubre de 1968, en las instalaciones del Cuerpo de Guardias Presidenciales, en El Chivatito, a un costado de Los Pinos.
Hace precisiones al texto publicado en Proceso la semana pasada: El entonces coronel Jesús Castañeda Gutiérrez no perteneció ni era responsable del Batallón Olimpia, sino del Primer Batallón de Infantería del Cuerpo de Guardias Presidenciales. Quien quedó al mando de la tropa en Tlatelolco, después de que fue herido el general José Hernández Toledo, fue el general Crisóforo Mazón Pineda.
Y añade: Ese día y en los siguientes, cuando el Ejército ocupó la Plaza de las Tres Culturas, muy probablemente estuvo ahí el actual jefe del Estado Mayor Presidencial, general Armando Tamayo. Tuvo que haber estado ahí porque era teniente de la Primera Compañía del Primer Batallón de Infantería de Guardias Presidenciales, y porque como comandante de la guardia (en el Campo Militar Número Uno) sólo se quedó un sargento.
Sierra recuerda haber visto a Tamayo el 9 de octubre, cuando los militares se retiraron de Tlatelolco. Esos días de ocupación, él pernoctó en los bajos del edificio 20 de Noviembre, mientras que los mandos superiores ocuparon algunos departamentos del mismo inmueble. Para mayor referencia del general Tamayo, recuerda que le gustaba jugar futbol. Era defensa.
Pero el general Tamayo desmiente la versión de Sierra. El jueves 13, en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, a pregunta expresa de la reportera María Scherer sobre su presencia en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, sólo contestó: Es absolutamente falso.
Ante la insistencia de que diera más detalles sobre dónde había estado ese día, reiteró con una sonrisa amable: ¿Para qué? Es absolutamente falso.
De acuerdo con su currículum, Tamayo ingresó en el Heroico Colegio Militar en 1964, egresando como subteniente del arma de Infantería en 1967.
En Tlatelolco también habría estado el entonces capitán primero Rodolfo Alvarado Hernández, comandante de la Segunda Compañía del Primer Batallón de Infantería, según refiere Sierra. Actualmente retirado del Ejército, Alvarado Hernández pasó, en 1954, por la Escuela de las Américas —la llamada escuela de asesinos, del Ejército estadunidense— y actualmente es subsecretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana del gobierno de Puebla. Buscado insistentemente la semana pasada por el corresponsal Julio Aranda, el general Alvarado Hernández no devolvió las llamadas.

La tarde triste

Cuenta Mario Alberto Sierra: El 2 de octubre acuartelaron a todos, pero nosotros, como teníamos la tarea de OP, le preguntamos al jefe: ‘¿Nosotros también?’ Y él nos dijo: ‘Ustedes no, par de cabrones, ya tienen su comisión’. Así que nos fuimos a comer a la casa del sargento Gama en la Unidad Adolfo López Mateos, en Tlalnepantla. Llegamos a Tlatelolco, en camión, como a las cuatro y media de la tarde.
Sierra y Gama reportaban toda su información al mayor Javier de Flon González —otro egresado de la Escuela de las Américas—, quien era el jefe de operaciones (SIO) del Estado Mayor del Cuerpo de Guardias Presidenciales.
El Primer Batallón de Infantería estaba alojado entonces en las instalaciones del Regimiento de Ingenieros de Servicio (RIS), del Campo Militar Número Uno, porque las de Guardias Presidenciales, en El Chivatito, estaban en remodelación.
Desde agosto, ambos habían sido comisionados para realizar labores de espionaje del movimiento estudiantil, luego de ser interrogados por Carlos Eugenio Escobar Alemany, responsable de la Segunda Sección de la Primera Compañía del Primer Batallón de Infantería Guardias Presidenciales.
Cuando llegamos había poca gente, como al diez para la cinco ya ha
Publicado por solaripa69 @ 9:25
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