Jueves, 02 de octubre de 2008

AI pide a Calderón abrir todos los archivos sobre la matanza

■ Necesaria, nueva investigación sobre el 2 de octubre de 1968, afirma

■ La reconciliación, imposible sin justicia y reparación de daños, indica

José Antonio Román

Amnistía Internacional (AI) instó al gobierno del presidente Felipe Calderón a abrir todos los archivos y registros pertinentes sobre la matanza de Tlatelolco; llevar a cabo una nueva investigación independiente, y eliminar los obstáculos que impiden llevar a la justicia a los responsables de este “terrible crimen”.

Kerrie Howard, directora adjunta del Programa para América de AI, lamentó que el gobierno del presidente Calderón guarde silencio sobre este “oscuro capítulo” de la historia de México.

“El hecho de que el gobierno mexicano no haya establecido la verdad de lo sucedido la noche del 2 de octubre de 1968 ha dejado en la sociedad mexicana una profunda herida que sólo se curará cuando los hechos se desvelen del todo, cuando se lleve a los responsables ante la justicia y cuando se proporcione reparación a las víctimas y sus familias”, declaró la funcionaria de AI.

La organización se refirió a lo ocurrido hace 40 años en Tlatelolco como “una de las matanzas más atroces” de la historia de México, y pidió al presidente Calderón que establezca, “de una vez por todas”, la verdad sobre esos acontecimientos ocurridos unos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos de 1968.

Además, AI reprocha que, pese a todos los esfuerzos de las víctimas, familiares y miembros del movimiento estudiantil por establecer la verdad sobre lo sucedido aquella noche, los hechos completos nunca se han aclarado y los responsables tampoco han rendido cuentas.

Javier Zúñiga, ahora asesor especial del organismo y que en aquel entonces presenció desde un puente cercano a la Plaza de las Tres Culturas la llegada del Ejército a Tlatelolco, criticó que 40 años después de la matanza muchísimas preguntas inquietantes sigan sin respuesta.

“¿Quién ordenó la masacre? ¿Durante cuánto tiempo se había planeado? ¿Cuántos murieron? ¿A quién pertenecen esos cadáveres que aún no se han identificado?”, son sólo algunas de las muchísimas interrogantes que siguen pendientes después de cuatro décadas, manifestó Zúñiga.

Las estimaciones sobre el número de personas que murieron cuando el Ejército abrió fuego contra los estudiantes varían. La matanza se inició hacia las seis de la tarde, cuando policías, militares y hombres armados no identificados rodearon la plaza y abrieron fuego desde vehículos blindados y tanques, utilizando artillería pesada. Dispararon contra los estudiantes reunidos en la plaza y contra los edificios residenciales que la circundaban. El gobierno finalmente entregó 44 cadáveres, diez de los cuales aún no han sido identificados, explica en un comunicado AI.

Zúñiga, quien relató parte de su experiencia vivida aquel 2 de octubre, recuerda que los disparos se iniciaron cuando estaba oscureciendo, por lo que es difícil determinar con exactitud qué sucedió.

“Lo cierto –agregó– es que el Ejército ingresó a la plaza antes de que comenzaran los disparos y no a consecuencia de ellos, como muchas fuentes gubernamentales han dicho. Cundió el pánico y la gente empezó a correr en todas direcciones gritando: ‘¡Viene el Ejército! ¡Viene el Ejército!’ Poco después parecía que la plaza estaba llena de cadáveres.

“Volví a la mañana siguiente, temprano, y vi pilas de cinturones y zapatos. Seguía habiendo charcos de sangre en el suelo, pese a los evidentes esfuerzos por limpiarla. También vi grandes agujeros de bala en los pilares de cemento, a la altura de la cabeza de un adulto”. 

Los muertos de Tlatelolco se retuercen en sus tumbas

 

Carlos de Urabá

Rebelión

 

 

¡CONTRA LA PARED HIJOS DE LA CHINGADA! ¡AHORITA LES VAMOS A DAR SU REVOLUCION! (frase histórica de los altos mandos del ejército mexicano al cargar contra los manifestantes)

Hoy se cumplen los cuarenta años de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, siguen pasando los años y las conmemoraciones pero el juicio histórico y político, aunque parezca mentira, está aún por hacerse. Los culpables amparados en un sistema que premia con la impunidad han logrado escapar al cerco de la justicia. Lo cierto es que el presidente de entonces Díaz Ordaz desde un primer momento asumió la responsabilidad en dicha tragedia que según sus propias palabras “fue provocada por los estudiantes comunistas que dispararon contra la tropa”. La democracia y el estado de derecho estaban en peligro y había que cortar de raíz ese fermento subversivo.

Díaz Ordaz no es más que un perverso matarife de guante blanco y levita sólo comparable al conquistador Hernán Cortés que también en la misma plaza de Tlatelolco un día 13 de agosto de 1521 inició el genocidio del pueblo Azteca. Para mayor ironía semanas después de la matanza el verdugo de Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos del 68 con una suelta de palomas de la paz tras encomendarse a la protección de la virgen de Guadalupe. Lo más curioso es que ningún país se retiró de la olimpiada o hizo una declaración de protesta por la masacre La comunidad internacional, muy por el contrario, felicitó al presidente por la valentía y el arrojo que demostró en este “infausto” episodio.

El año 1968 será recordado en la historia de la humanidad como un año de revueltas y agitación social: el mayo del 68, la primavera de Praga o el movimiento hippie, las panteras negras en EE UU y las manifestaciones en contra de la guerra del Vietnam. También fue marcado por el asesinato de Martín Luther King y el de Robert Kennedy, y como, no Tlatelolco, que es lo que más nos atañe a los latinoamericanos.

El movimiento estudiantil mexicano se declaraba antiimperialista y libertario resuelto a protestar contra del orden establecido, a protestar contra el autoritarismo y la represión policial propiciada por el gobierno, la inviolabilidad la autonomía universitaria y un sin fin de reformas sociales necesarias para consolidar un sistema plural y democrático. En esos años gobernaba el PRI que ejercía un poder omnímodo, monolítico sin apenas oposición, en donde no existían errores y el jefe máximo era glorificado por la camarilla oficialista. Cada una de sus palabras se consideraban sagradas y todos los medios de comunicación y la elite intelectual tenían que hacerle venias a su majestad todopoderosa.

No existía la posibilidad de hablar mal del presidente, caricaturizarlo y menos demostrar como él y sus secuaces desfalcaron millones de pesos del erario público. Lo más natural era que los grandes dignatarios y su cortesanos salieran multimillonarios del palacio de gobierno. Bala, cañonazos y bayoneta calada fueron las órdenes impartidas por el sicario y sucesor de Díaz Ordaz, Luís Echevarria, en ese entonces Secretario de Gobernación, con el fin de reprimir las protestas estudiantiles. Estos dirigentes corruptos, asesinos a sueldo de los norteamericanos, en los libros de historia siguen siendo renombrados como próceres beneméritos del orden y al progreso.

¡Qué frágil y efímera es la memoria! Hoy el presidente mexicano Felipe Calderón no es más que el sucesor de esos genocidas pues continúa utilizando la represión para acallar los movimientos sociales, sin olvidar a los cachorritos de la Madrid, Salinas de Gortari, Cedillo y el zorro de Fox.

Díaz Ordaz ante la multitudinaria marcha del silencio el 13 de septiembre de 1968, en la que participaron alrededor de 200.000 jóvenes que tomaron el zócalo capitalino, dijo: hasta donde estemos obligados a llegar llegaremos. Fue tal la demostración de fuerza que los estudiantes amenazaron con ocupar el Palacio Nacional si el presidente no accedía a negociar un pliego de peticiones. En respuesta fueron desalojados a la brava con tanques militares y arrestados varios de sus dirigentes.

Pero lo peor estaba por venir. Fue ese día aciago del dos de octubre del 68 cuando los estudiantes de la UNAM y del Instituto Politécnico junto al Consejo Nacional de Huelga se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas o Tlatelolco para conminar al gobierno a aceptar sus reivindicaciones. Pero Díaz Ordaz iracundo dio la orden de disolver el motín pues se acercaban las olimpiadas y para él los insurgentes pretendían boicotearlas. La reputación de México estaba en peligro. Uno de los lemas más coreados por los estudiantes no dejaba dudas de sus intenciones: no queremos olimpiada, queremos revolución. Ésta fue su sentencia de muerte.

Inmediatamente el régimen priísta los acusó de traidores a la patria y de estar financiados, entrenados y armados por los soviéticos y los cubanos. “Los Estudiantes no tenían otra intención que la de desestabilizar la institucionalidad”-titulares de la prensa-Esos son los instigadores de un golpe bolchevique Testigos de la matanza dicen que a las 18 horas 15 minutos vieron acercarse a un helicóptero militar que dio varias vueltas sobre la plaza lanzando una bengala. Esta era la señal para iniciar el combate. Los estudiantes cercados en Tlatelolco fueron presa fácil del “heroico” cuerpo de Granaderos y el batallón Olimpia del ejército mexicano que al grito de “a todos estos cabrones se los llevo la chingada” dispararon a mansalva -dizque en defensa propia- al verse atacados por francotiradores (que no eran otros que agentes infiltrados del propio Batallón Olimpia) Luego se demostró que la mayoría de las víctimas tenían heridas de bala en la espalda, los glúteos o en las piernas. En medio del caos fueron cobardemente fusilados a traición.

A los oficiales que participaron en la operación de la Plaza de las Tres Culturas se les premió con ascensos, autos LTD ultimo modelo y viajes a Disneylandia. Díaz Ordaz de carácter autoritario y déspota, colaborador de la CIA como tantos otros gobernantes latinoamericanos, hoy yace enterrado en el pabellón de próceres ilustres. Incluso fue nombrado a finales de los años setentas embajador en España por ser uno de los estadistas mejicanos de mayor prestigio. Siempre se vanaglorió de que él había salvado a México de la catástrofe y así lo contaba la historia oficial hasta hace muy pocos años pruebas más contundentes salieron a relucir sentando en el banquillo de los acusados a los inductores de la masacre. Díaz Ordaz junto a sus esbirros Luís Echevarría, Secretario de Gobernación y Marcelino García Barragán, Secretario de Defensa son los directos responsables del asesinato, desaparición y tortura de cientos de estudiantes a los que hoy 40 años después homenajeamos como mártires de la libertad. No podemos cejar en el empeño de perseguir a los asesinos hasta que sean condenados porque estos crímenes de lesa humanidad jamás prescriben y el ordenamiento jurídico de los tribunales internacionales está presto a castigarlos. El estado mexicano es el directo culpable de este genocidio y debe pagar una justa reparación moral y económica a todas las víctimas. Ese día sangriento en medio de la balacera nació un nuevo México, un México que a pesar de todo se ha reafirmado en la lucha revolucionaria que inspiraron sus héroes populares Pancho Villa y Emiliano Zapata.

 


Publicado por solaripa69 @ 9:49
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