Jueves, 28 de octubre de 2010

R?quiem
Jos? Gil Olmos.

MEXICO, DF, 28 de octubre (apro).- Nuevas matanzas en el norte del pa?s. Nuevamente las v?ctimas son j?venes. Una vez m?s la violencia. Otra vez la impunidad en una guerra est?pida, como son todas las guerras.
No hace mucho tiempo ocurrieron dos matanzas cuyas heridas a?n no cicatrizan en la memoria social. En 1996, en el vado de Aguas Blancas, Guerrero, fueron asesinados 17 campesinos por la polic?a del estado. A fines de 1997, en la comunidad de Acteal, Chiapas, ocurri? la matanza de 45 ind?genas a manos de paramilitares.
Al paso de los a?os estos dos hechos marcaron profundamente a la sociedad y pusieron en cuestionamiento a los gobiernos de los estados y presidencial del momento.
Hoy llevamos m?s de 30 mil muertos a la cuenta de la guerra contra el narcotr?fico declarada por Felipe Calder?n, muchos de ellos civiles que fueron asesinados a mansalva (en fusilamientos, ejecuciones y torturas), abriendo nuevas heridas sociales que no sabemos cu?nto tiempo tardar?n en sanar o si alg?n d?a cerrar?n, porque esta guerra no tiene para cu?ndo terminar.
Todas estas muertes violentas producir?n efectos psicosociales dif?ciles de sanar, tales como terror, inseguridad, ansiedad, miedo; am?n de la desconfianza en las autoridades y en las instancias de justicia sin excepci?n, as? como en todas las formas de gobierno que, independientemente del partido que sea, s?lo han demostrado corrupci?n e ineficacia.
Estas matanzas marcar?n al gobierno de transici?n en el que millones de mexicanos creyeron cuando en el 2000 el PRI fue derrotado por el PAN y otros grupos de poder que estaban hartos de la corrupci?n, impunidad y el robo.
Sin embargo, hoy a estas lacras se le suma el miedo y el terror de amplios sectores de la poblaci?n que viven bajo la ?gida de los grupos del crimen organizado que act?an impunemente en las calles, en el campo y en ciudades m?s importantes del pa?s.
El n?mero de muertos producto de la guerra declarada por Calder?n ha rebasado por mucho las peores expectativas de los expertos y del propio partido en el poder. Cuando hace poco m?s de cuatro a?os Calder?n hizo esta declaraci?n de guerra al narcotr?fico, dijo que iba a haber muchos muertos, pero jam?s present? un plan integral de lucha, jam?s pens? en la poblaci?n civil, su despotismo fue tal que nunca se le cruz? por la mente que habr?a familias desamparadas, hu?rfanos, inv?lidos, y que todos ellos necesitar?an de atenci?n especial.
Por la forma en que se ha comportado y por sus discursos, Calder?n observ? las consecuencias sociales de su guerra como ?bajas colaterales?, es decir, como da?os necesarios que asumir pero por la propia sociedad, por las familias y sus hijos, no por su gobierno, que ha mostrado una insensibilidad s?lo comparada con la de los gobernantes desp?ticos y autoritarios.
Las matanzas de j?venes en Ciudad Ju?rez, Chihuahua, comienzan a repetirse en otras ciudades como Tijuana, en Baja California,? porque la impunidad hace que los diferentes grupos del crimen organizado act?en libremente, sin que nadie les ponga un alto.
El gobierno federal ha expresado ?nicamente sus lamentos, mientras que los gobiernos de los estados se han limitado a perseguir presuntos culpables, emulando el juego del gato y el rat?n, sin dar resultados satisfactorios y ejemplares. Las disculpas institucionales saben a ofensa si no hay justicia.
Ahora Calder?n est? tratando de cambiar sem?nticamente su guerra y dice que es una ?lucha por la seguridad p?blica?, pero en los hechos no hay ning?n cambio, y su gobierno pasar? a la historia no s?lo como un fracaso, sino como el r?quiem de la transici?n a la democracia.

La disputa por la historia

Soledad Loaeza

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En este a?o de conmemoraciones hist?ricas el debate a prop?sito de nuestro pasado ha sido mucho menos agrio de lo que se esperaba. No fueron pocos los escritores, malos y hasta buenos, que amenazaron con demoler lo que llaman la historia oficial, es decir, la versi?n hegem?nica de la historia nacional.

El argumento central de esta idea, mismo que se plante? desde 2000, era que despu?s de la derrota del PRI, era posible y apremiante una revisi?n de la historia que aprendimos en la escuela, previa aprobaci?n de la Secretar?a de Educaci?n P?blica. Esta propuesta se apoyaba en propaganda pol?tica antes que en una seria reflexi?n historiogr?fica. ?De veras la versi?n hegem?nica de la historia nacional es pri?sta? Quiero decir, ?la escribieron los pri?stas? ?No ser? m?s bien que los pri?stas se apropiaron de nuestra historia? Si as? fue, entonces habr?a que corregirles la plana a ellos; no se trata de escribir una versi?n panista ni perredista de la historia nacional, sino de recuperar personajes, causas, acciones y decisiones que forman el legado com?n de todos los mexicanos.

La victoria del PAN por s? misma auguraba la redici?n de viejas querellas siempre renovadas, en torno al art?culo tercero o, por lo menos, en torno al contenido de los libros de historia que edita la Comisi?n Nacional del Libro de Texto Gratuito (Conaliteg). El PAN naci? en buena medida para protestar en contra del control del Estado sobre la educaci?n, una pr?ctica extendida en el mundo, en diferentes grados; tambi?n hab?a hecho del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educaci?n (SNTE) uno de sus principales blancos de ataque, porque encarnaba groseramente rasgos prominentes del autoritarismo: la ausencia de libertad sindical, el control ideol?gico del Estado sobre la sociedad y la insondable corrupci?n. Ante la estrecha colaboraci?n que desde 2000 entablaron el PAN y el SNTE, uno se pregunta: ?qui?n o qu? ha cambiado? Desde luego el PAN, m?s que el sindicato, porque encuentro pocas diferencias entre Carlos Jonguitud y Elba Ester Gordillo. ?Acaso el revisionismo hist?rico que prometieron los panistas ha sido v?ctima de su alianza con los maestros?

Pero, incluso si hacemos a un lado las cacareadas reivindicaciones de los panistas de una historia no oficial, no ha habido ninguna pol?mica a prop?sito de la interpretaci?n m?s generalmente aceptada de la historia. Los autopropuestos iconoclastas no han hecho mucho m?s que descubrir el lado humano de los h?roes establecidos, por ejemplo, que a Miguel Hidalgo le gustaba bailar y cantar, pero no nos han dicho c?mo sus revelaciones nos obligan a una reflexi?n cr?tica de su papel en la historia, y de su condici?n de h?roe nacional. A ese respecto vale mucho la pena leer la espl?ndida novela hist?rica de Jean Meyer, Camino a Baj?n, que reconstruye los primeros meses de la guerra de Independencia en Nueva Galicia. Lejos de denunciar a Hidalgo como genocida, como hace Jos? Antonio Crespo en un libro de ensayos que se ocupa de deturpar a las figuras hist?ricas, y que se vende con el atractivo t?tulo Contra la historia oficial, Meyer recupera las ambivalencias, los errores y las angustias que despert? en los l?deres de la Independencia en Nueva Galicia el frenes? revolucionario que desencaden? la movilizaci?n popular.

El poco eco que han alcanzado en la opini?n p?blica las versiones iconoclastas de la historia nacional, sugiere que existe un consenso amplio b?sico, en torno a los porqu?s y los c?mos de nuestra historia nacional. Este acuerdo se alimenta, en primer lugar, de la historiograf?a liberal de finales del siglo XIX antes que del PRI. El revisionismo es necesario, pero tendr?a que ser, m?s que la humanizaci?n de los h?roes, la recuperaci?n de episodios y de personajes cuya importancia no ha sido debidamente reconocida.

De nuevo cito la obra de Jean Meyer como ejemplar, pues su Cristiada, publicada en 1974, precipit? un cambio de paradigma en relaci?n con la lucha de los cristeros contra el gobierno de Plutarco El?as Calles. De su propuesta interpretativa se han derivado muchos trabajos novedosos que nos han obligado a repensar la historia del Estado mexicano y de las minor?as pol?ticas. La presencia de este sangriento episodio en el M?xico del siglo XXI est? perfectamente registrada en la novela de Juan Villoro, El testigo. ?sta es una forma real de debate que no persigue simplemente la sustituci?n de un h?roe por otro, y tampoco la exhibici?n de la bajeza humana como prueba de inadecuaci?n patri?tica.

Golpe de clase contra el pacto social

Adolfo S?nchez Rebolledo

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La explosi?n de la gran crisis que se apoder? del mundo fue vista como un acontecimiento destinado a cambiar la historia. Nos toc? ser testigos privilegiados del fin de una ?poca: si ante nuestros ojos hab?a desaparecido el socialismo de Estado (1989-1991) de manera irreversible, ahora al final de la primera d?cada del siglo XXI presenci?bamos, en palabras de Eric Hobsbawm, la implosi?n del mercado libre mundial. Nada volver?a a ser igual, pero ?hacia d?nde se encaminar?an los intentos de recuperaci?n, las reformas que a gritos se requer?an en las capitales de la econom?a mundial? No se sab?a a ciencia cierta, pero algo deb?a hacerse y pronto. Las reflexiones abundaron. Para estudiosos como el citado Hobsbawm, la situaci?n exig?a algo m?s que una mera ruptura con los supuestos econ?micos y morales de los ?ltimos 30 a?os, pues se hac?a indispensable imaginar una nueva relaci?n entre lo p?blico y lo privado, una forma de econom?a mixta donde el crecimiento econ?mico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qu? hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente.

Sin embargo, pese a la premura, algunas aspiraciones se han desvanecido bajo el peso de las pol?ticas de recuperaci?n que, a cuenta de la austeridad obligatoria, se ensayan de nuevo sin aprender la lecci?n. Puro gatopardismo. Un horizonte orwelliano neutraliza el optimismo ut?pico de quienes vieron en el fin del neoliberalismo el punto de partida ?con Obama a la cabeza? para una salida diferente a la crisis del capitalismo global. Pero no ha ocurrido as?, al menos hasta ahora. ?Qu? pas??

En realidad, como advirti? Hobsbawm, desestimamos la adicci?n creada por el triunfo absoluto de la revoluci?n neoliberal sobre las fuerzas pol?ticas, aun las m?s reformistas u opositoras al pensamiento ?nico. Tampoco vimos llegar el golpe de clase que ven?a de la mano de las emociones desatadas por la crisis. El ascenso generalizado de la derecha ?mont?ndose sobre los viejos prejuicios, ese anticomunismo reciclado como horror xen?fobo al extra?o, como odio al migrante o al islamista, la afirmaci?n irracional del individualismo insolidario? es un grito en defensa de grandes y peque?os privilegios provenientes de la historia, no importa si ?stos incluyen a los banqueros y otros atracadores identificables.

?Qu? otra cosa es si no fascismo cotidiano esa actitud que se escandaliza ante el supuesto socialismo de Obama y pide la presencia militar para combatir a los trabajadores sin papeles? A esta debacle de las ilusiones y las expectativas concurren muchos elementos materiales y subjetivos, como la debilidad te?rica e ideol?gica de las alternativas, la p?rdida del esp?ritu cr?tico hacia el capitalismo y, por lo contrario, su idealizaci?n fatalista, la subordinaci?n de la pol?tica, los medios, la actividad de la sociedad civil, a la reproducci?n de los grandes intereses econ?micos.

Sin embargo, la situaci?n comienza a revertirse muy lentamente en la medida que las soluciones impuestas por los gobiernos encuentran resistencias de amplios sectores. Y no se trata ?nicamente de acciones puntuales en torno a medidas concretas, sino de una confrontaci?n de fondo entre dos visiones del futuro. En Inglaterra, por ejemplo, el nuevo gobierno conservador se propone el mayor ajuste de los derechos sociales desde Margaret Thatcher para solucionar la crisis, aunque eso signifique lanzar a la calle a un mill?n de trabajadores. En realidad, como afirma en The Guardian el economista Seumas Milne: bajo el pretexto de la austeridad se esconde un golpe pol?tico, pues los gobernantes conservadores carecen de mandato para hacer el desmontaje del estado de bienestar que est?n llevando a cabo. Lo mismo ocurre en otras partes.

En Francia, al decir de Isabel Turrent (Reforma, 24/10/10), la movilizaci?n decretada por sindicatos y estudiantes defiende, en bloque, el pacto social centenario que sustenta al Estado benefactor franc?s. Un pacto que es el eje de la cultura pol?tica del pa?s. En su defensa, el gobierno franc?s arguye que la reforma legal en las formas (la actuaci?n parlamentaria) no puede ser contravenida por la calle (siete de cada 10 ciudadanos apoya las huelgas), aunque tal visi?n excluyente reniegue de los principios fundadores del republicanismo, tal como se denuncia en un manifiesto suscrito, entre otros, por la historiadora Florence Gauthier. En ?l se le recuerda al presidente Sarkozy ?que ninguna elecci?n confiere al elegido el ?derecho? a destruir su pa?s, a atizar el esp?ritu de guerra civil y a humillar sin desmayo a quienes no piensan igual: en El contrato social, Rousseau demostr? ya que el acto por el que se constituye un pueblo jam?s es de subordinaci?n a un jefe, tampoco a un jefe electo, sino contrato de asociaci?n: tanto en relaci?n con los estados extranjeros como en relaci?n a sus ?jefes?, la soberan?a del pueblo es inalienable y s?lo el elegido est? vinculado por la elecci?n. En una palabra ?sigue la cita?: lo que legitima la elecci?n es el respecto del contrato social por parte del elegido: la elecci?n no da por s? misma al ?jefe? del Estado el privilegio exorbitante de desmontar el contrato social, en este caso, el principio de una construcci?n republicana inspirada por la Ilustraci?n, por la Revoluci?n y por la Resistencia?. (Sinpermiso.)

Muy lejos de la intenci?n de estas notas est? el proponer analog?as artificiosas entre la realidad europea y el M?xico de nuestro tiempo, pero es inevitable recordar que aqu? tambi?n existe (y se viola sistem?ticamente) el acuerdo en lo fundamental contenido en la Constituci?n de 1917. Una y otra vez se perpetran ataques contra el Estado social que prefigura la Carta Magna (ve?se la ?ltima concesi?n a los due?os del Partido Verde Ecologista de M?xico) de modo que la justicia social parezca el resultado de una pol?tica p?blica, m?s bien arbitraria, pero asociada al mandatario de turno, es decir, una pol?tica instrumental al servicio de la reproducci?n del poder que, en general, destina recursos e inversiones a tal efecto, pero incumple con la noci?n de justicia consagrada en los derechos constitucionales.

Quiz? por eso, antes de que nos abrumen los previsibles discursos del Centenario de la Revoluci?n, habr?a que preguntarse si a?n tiene sentido o no dicho pacto constitucional para pensar en las posibles salidas de la crisis. Y, otra cosa: ?cuando el gobierno habla de austeridad se refiere a las mismas cosas y a la misma gente que ya vive en el desamparo?

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Publicado por solaripa69 @ 12:10
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